Bucur Mironescu (España) Cuento

Sueño de unas noches de marzo

Una vez más, te asaltó el pensamiento de que, cuando todo esto acabara, te dolería. Te dolería recordarlo y no tener la oportunidad de volver a este mismo instante, te dolería tanto que te marearías repentinamente notando la soga del nudo en tu garganta asfixiando tus palabras. Sabías que pensar en el fin no te ayudaría para nada, que tan solo estabas adelantando el sufrimiento. Pero no podías evitarlo. ¿Cómo se suponía que debías volver ahora a tu vida normal, cuando habías rozado con la yema de los dedos algo tan cercano al paraíso? Continuar el siguiente lunes como si nada de esto hubiera sucedido, como si hubiera habido un interludio extraño embutido entre las monótonas semanas. Casi como si lo hubieras soñado. Casi. Pero allí estabas, con la lenta música invadiendo cada rincón del coche y cada poro de tu ser, un par de amigos hablando, otros contemplando las estrellas a través de la ventana, como tú, absortos en vuestros pensamientos. Repasando las diferentes escenas de todas las aventuras que habíais pasado aquel idílico fin de semana, recuerdos todavía tan vivos que parecía poder acariciarse sus olores, sus vistas, sus tactos. La carretera semioscura, tan solo iluminada por los faros del coche y algunas luces aisladas, era el telón de fondo perfecto para dejar a la imaginación volar acompañada de una magnífica banda sonora.

Aquello era un atisbo de la eternidad, de la infinitud. Aquella sensación que te trepaba por el estómago y se instalaba en el pecho para después propagarse por todo tu ser, una felicidad inefable, indescriptible. Girar la cabeza hacia tu amiga, miraros y sonreíros, sabiendo que compartíais esa emoción que escapaba a vuestro entendimiento. Y cambiaba la canción y ahora os encontrabais cantando a pleno pulmón Colgando en tus manos en una imperfecta armonía que ninguna partitura sería capaz de reproducir jamás.

Así, se ahogó rápidamente el dolor que se anticipaba, mientras te concentrabas en aquel momento para retenerlo para siempre en un rincón de tu mente, dejando para tu yo del futuro los problemas que estaban por venir. Pero ahora, no. Ahora no era el momento de pensar en el futuro cercano. Ahora tocaba permanecer en el presente, disfrutando hasta la última gota de aquellos segundos de éxtasis.

Cuando bajaste del coche al final del camino, te sentiste descolocado, como si hubieras cruzado un portal entre dos mundos. Tu pueblo seguía igual, pero tú habías cambiado un poco y quizá por eso te sentías extraño. Abrazaste con efusividad a tus amigos que tanto querías y con quien habías tenido la inmensa suerte de disfrutar de aquel pequeño viaje a otra realidad.

—Te echaré de menos —alguien susurró al separarse de tus brazos. Al principio te desconcertó aquel comentario, pensando que veías a tus amigos cada cierto poco tiempo. Pero lo entendiste rápidamente. Te iba a echar de menos significaba que echaría de menos todo lo que había sucedido: aquellas dos noches de copas y secretos compartidos, de miedo y cotilleos confesados, las anécdotas; las mañanas jugando, paseando y cayendo en la nieve, quemándoos la cara y abrazando el sol; los atardeceres enmarcados por montañas blancas y pardas y cielos pintados por nubes teñidas de carmesí y naranja, una acuarela ideada tan solo para vosotros; la ida y la vuelta en aquel microcosmos que era el coche; las miradas, las risas, cada conversación trivial, cada detalle, cada instante.

Volviste así a casa, solo, con aquel regusto dulcemente amargo que representaba todo aquello que ibas a echar de menos reposando en el borde de tus labios.

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