Bucur Mironescu (España) Cuento

Sigue la melodía

Me gustaba estar solo, pero solo a veces. Me gustaba estar solo cuando me tocaba estar solo. Como ahora. En los intermedios. Leyendo, absorto en una historia y ajeno a mi exterior, tan solo acompañado por un traqueteo del tren que se volvía imperceptible a mis oídos si no le prestaba atención, de la misma manera que lo hacía el sonido de mi respiración. Caminando por las calles de grandes ciudades como Barcelona o también paseando en pueblos pequeños, comiéndome con los ojos las fachadas, la gente, los monumentos, fascinándome a cada detalle conocido o por conocer, perdiéndome momentáneamente en aquel variopinto tapiz lleno de colores, olores y ruido.

Pero era eso: soledad a ratos. No constante. Al principio pensé que aquella relajación que sentía entre destinos también los podría plasmar en paseos sin rumbo, tan solo acompañado por mis pensamientos y la improvisación. Así, quizá podría calmar la ansiedad o el estrés que se complacían en atacarme cada vez que me encontraban débil, pero descubrí que no era lo mismo. La soledad, como la compañía de otras personas, la disfrutaba en la despreocupación; las dos se corrompían cuando eran confrontadas por mis miedos e inseguridades.

Cuando socializar empezaba a convertirse en una obligación más que en una elección, necesitaba mis días de solitud para recargar mis fuerzas. Y cuando la soledad se convertía en una arena de combate entre mis propios pensamientos, necesitaba a mis amigos para silenciar las voces de mi mente que empezaban a descontrolarse.

Era una música que solo yo escuchaba. Que solo yo podía entender. Era como bailar al compás de un ritmo inconsciente. Quizá que alguien me amara significaba que había logrado escuchar mi melodía y la encontraba de su gusto, la entendía en sus notas tristes y la apreciaba pese a ellas. Quizá quererme a mí mismo significaba quererme en todos mis géneros, aprendiendo a tocar las notas adecuadas en el momento preciso para formar el contrapunto perfecto. Adaptarme a las baladas, al rock, al techno, a la música clásica, deslizándome entre las diferentes canciones de mi playlist personal. Aceptar la música que no podía dejar de danzar, incluso en mis sueños más extraños.

Una música que, esencialmente, era la misma. Pero compuesta de variaciones infinitas, siempre cambiantes, siempre únicas. No todos los cambios me eran fáciles de entender. O fáciles de sobrellevar. A veces tropezaba con mis pies o susurraba las tonalidades equivocadas. En cualquier caso, era mi propia banda sonora. Mi armonía caótica personal, que algún día dejaría de sonar en mis órganos, pero con un poco de suerte perviviría eternamente cuando algunas de sus partituras se añadieran a la colección musical de aquellos a los que amaba.

3 comentarios

  1. En el mundo del aislamiento a veces nos llega la inspiración. Esas voces, esas melodías internas son el arte que necesitan ver un nuevo mundo. Yo los dejo salir, algunas han fracasado y otras me han permito regresar a la cordura. Agradable lectura. (@Zavala_Ra)

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