Desde la inocencia que nace,
de quien compone de noche,
miro al cielo y pido a las nubes,
cuando me miran de reojo,
llevadme a ver el mar.
Llevadme a suelo fértil y amable,
tierra que empieza después del silencio,
que apenas peso algunos años,
guardo secretos en los bolsillos,
y no me falta conversación.
Enseñadme a vivir del humo,
que vomitan en invierno las chimeneas,
llevo días con hambre de niebla,
mirando con ojos golosos,
todos los tubos de escape.
De quedarme aquí, me temo,
perderé todo motivo y causa,
de seguir creciendo erguido
madurar algunos frutos,
para darlos a mi sombra.
Que tengo un eco lejano y perdido,
repicando por las calles de mis huesos,
campanas de boda y fiesta,
confeti, arroz y palomas,
llamando a marcharse del pueblo.



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