Bucur Mironescu (España) Cuento

Eterno combate

Me sumergí en la bañera y el mundo de los sonidos se transformó por completo. De súbito me llegaron conversaciones amortiguadas de los vecinos, pude escuchar a mi hermano preparando la cena, a mi perro roncar débilmente. Con los ojos cerrados, ciego al mundo, parecía casi como si me hubiera trasladado al limbo, a un intermedio entre la realidad y otro universo paralelo, desconocido, donde las reglas eran veladas por el misterio.

Me gustaba esa sensación. Adentrarme en ella, no pensar en nada más que en sentir. Volver a la inconsciencia primitiva de la inocencia de mi niñez. Un pasado donde no me podían atormentar pensamientos intrusivos, preocupaciones, odiosos ataques de ansiedad o crisis nerviosas incontrolables.

Desgraciadamente, mis pulmones acabaron por quejarse ante la falta de aire y me vi obligado a volver a la superficie. Inspiré hondo y dejé reposar suavemente la cabeza contra el borde de la bañera. Lentamente, mi respiración se normalizó. Mi mirada, distraída, acabó por dirigirse hacia mis manos, que se agarraban al mármol para impedirme caer. Las observé, fascinado por poseerlas, pero la fascinación rápidamente se convirtió en desconcierto. Dedos, muñeca, palma, huesos. ¿En qué momento las había empezado a sentir ajenas? ¿Qué día comencé a mirar mi cuerpo en el espejo y a analizarlo como un médico inspecciona a un paciente?

¿Qué día, qué día decidí estudiarme a través de mis ojos, pero sobre todo tras los de otros, asqueándome a veces, sintiendo repugnancia de mi existencia? ¿Cuándo empecé a odiarme? No entendía por qué ahora vigilaba los pasos que daba, las decisiones que tomaba, y me juzgaba representando contra mí el papel de un juez cruel y despiadado.

Quería abandonarme al sueño. A la infinitud irreal del agua. A la existencia sin existencia, a la enajenación del alcohol y las drogas. A lo desconocido. Quería huir de responsabilidades y de elecciones, de mi conciencia. Ya no me sentía capaz de actuar a base de fuerza de voluntad, ni siquiera creía poseer una.

Angustiado, me volví a sumergir. El agua, en calma; en mi mente una tempestad de torbellinos y tifones, tsunamis y terremotos. Poco a poco empecé a sustituir el ruido de dentro por el murmullo remoto del exterior y conseguí tranquilizarme. Paradójicamente, la inconsciencia me devolvió la cordura, venciendo al huracán de mis agitaciones, reprimiendo aquel instinto loco de huir hacia aquello que realmente anhelaba: la muerte. Hoy, por suerte, la había podido repeler. Pero no había ninguna seguridad sobre si conseguiría no ceder en el caos que se avecinaba en la cercana lejanía del futuro.

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