Me parte admitir que peinarnos desvelos
no es suficiente para trenzar estrellas.
Mi pecado es inventarme historias por la mirilla,
mentiras de periscopio,
tapizar de cuentos tus pupilas nunca submarinas.
Querer sembrar perlas en charcos
sólo para decepcionarme una vez más
y contemplar el nácar espumarse.
Pero, ¿quién podría culparme?
Si de verdad estoy harta de pedalear relojes
y de intentar torcer arrugas,
con el único propósito de no deshojar más tiempo en vano.
Me rompe aceptar que hay capullos que no merecen florecer en nuestras manos,
reconocer que hay rojos que vacían el alma, más que llenar las rosaledas.
Hay enredaderas en las que no queremos embrollarnos las ideas
porque tienen más maleza de la que esperábamos pensar,
porque su hiedra no baila nuestra primavera,
porque nos medran la tristeza sin querer.
Hay laberintos que no queremos resolver.
Hay acertijos que no valen la pena recorrer.
Hay cosas que no pueden entender y no queremos explicar.
Y yo me aferro a creer que todo se trata de buscar
hasta tropezarnos con nosotros mismos.



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