Bucur Mironescu (España) Cuento

Compañía silenciosa

La playa estaba tan solo iluminada por el cuadro de estrellas pintado en el cielo. La luna aquella noche mostraba su faceta más tímida, de manera que no se la veía en ningún rincón del oscuro cielo.

No podía dormir, así que había salido a dar un paseo. Decidió sentarse encima de una gran roca, ahora descubierta con la marea baja, pero que normalmente solía encontrarse escondida bajo el agua. Algunas personas la creían maliciosa porque solía hacer tropezar a los bañistas y causarles moratones, pero ella se sentía ofendida ante tal juicio. En realidad, la piedra nunca se movía de su sitio; era lo suficientemente grande para que una persona se sintiera cómoda encima de ella y se encontraba fuertemente afianzada a la tierra. Eran los inconscientes que se lanzaban imprudentemente al mar los que no vigilaban de no toparse con ella y que, cuando lo hacían, perturbaban su tranquilidad. La enfadaba especialmente los que, con el jaleo de sus conversaciones, le impedían escuchar el murmullo solitario del ir y venir del océano.

Conocía bien esa piedra. Conocía, realmente, cada grano de arena de aquella playa, cada peñasco, cada especie. El aire salado era un extraño perfume para él. Era su segunda casa, pues cada vez que notaba el pulso de la soledad en sus venas, venía a buscar compañía en aquella costa oscura.

Sentía que todo lo que había allí le entendía y compartía sus sentimientos. En especial, tenía la sensación de que el océano conocía muy bien las emociones que navegaban sus pensamientos. Como él, aquella gran extensión de agua conocía a la perfección lo que era existir sin otra compañía que la de los pensamientos propios, buscando infatigablemente en todas las costas del mundo alguien con quien poder compartir la existencia, pero lo único que le respondía era la inmovilidad impasible de las montañas, de las rocas y de la tierra.

Lo único que los diferenciaba es que él era joven, muy joven, un simple segundo en comparación con los milenios que habían habitado en las aguas del mar. Los mundos que habían existido en las profundidades de la mente insondable del océano, las incontables vidas que habían surcado sus pensamientos se contaban en millones de millones, dinosaurios, peces, plantas, misterios. En él también había muchos mundos. No tantos, y muchos menos eran los que llegaban a cobrar vida. Él intentaba proporcionarles ese aliento imprimiéndolos en el papel, pero la mayoría acababan pereciendo en el olvido.

Así, ambos solo tenían por amistad aquello que habían logrado crear dentro de sí mismos. Fuera de eso, en el exterior, parecía que nadie les llegaba a comprender. El océano hablaba en los murmullos de un idioma que nadie podía llegar a entender, erosionado ante tantos años de existencia. El humano no conseguía domar la lengua para expresar con claridad lo que le atormentaba, y se escapaba a la tinta negra, un refugio solitario, extravagante para todo aquel que lo descubría.

Una noche más, aquellos dos seres se habían encontrado. Una noche más, él intentaba descifrar el mensaje de las olas que no cesaban de morir, revivir y volver a morir. Sin éxito, no se atrevía a regalar al océano otra cosa que no fuera su silencio, temeroso de que también aquel dios antiguo repudiara sus tribulaciones. Así que se compartían sus presencias, como dos enamorados que no pueden expresar su amor con meras palabras.

2 comentarios

  1. ¡Excelente entrada! Muy buena narrativa; ponderando que en el poeta todo es vida y nada es inerte. Que el protagonista, haciendo un repaso desde antes del Génesis, profundiza los atributos de las rocas y el océano, los que pueden hacernos sentirnos, infinitamente pequeños pero de la misma manera, acompañados siempre con sus sutiles voces. Porque solo quien es poeta, sabe escucharlas. Un cordial saludo.

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