Bucur Mironescu (España) Cuento

Difuminado

Siento el viento abofeteándome el rostro, pero pese a su rudeza, lo acepto de buen grado, consciente de que sin su presencia me sería complicado afrontar los envites del sol en aquella tarde de verano.

Me encuentro tumbado en un prado, acompañado de centenares de briznas de hierba que se divierten haciéndome cosquillas en las zonas donde mi piel está al descubierto. Apenas hay nubes en el cielo, y su azul celeste es casi tan deslumbrante como los rayos de la estrella que lo usa como contexto.

No sé cuánto tiempo llevo tendido aquí. He perdido la cuenta de las horas y no he traído conmigo ni mi reloj ni mi teléfono móvil. En realidad, tampoco sé exactamente dónde estoy. En algún punto de mi excursión he decidido que esta gran extensión verde sería un lugar idóneo para descansar después de caminar un largo rato y, desde entonces, aquí me encuentro. La respuesta a estas preguntas, siendo sincero, no me importa demasiado. Simplemente necesitaba escapar, escapar de todo, y lo único que se me había ocurrido era liberarme de aquellas paredes entre las que me sentía encerrado y caminar hasta no reconocer ni lo que tuviera delante ni lo que estuviera dejando atrás.

Quiero desaparecer. No. Quiero fundirme con todo aquello que me rodea en este momento. Quiero formar parte de las plantas enraizadas con firmeza en la tierra. Quiero surcar el aire como una ráfaga de viento intrépida. Quiero convertirme en uno de estos colores infinitos que explotan en mi pupila allí donde poso la mirada.

Quiero sentirme parte de algo. De la naturaleza. Del universo. Que mi mera existencia tenga sentido por sí misma. Porque ahora, rodeado de mis semejantes, me siento terriblemente solo. Hasta las hojas caídas de un árbol aceptan con entereza su destino final; pero yo no encuentro ningún sentido al infortunio de mis pasos, a los sinsabores de mis experiencias mundanas.

Aquello era peor que no existir: era una vida vacía. Como una palabra muda, una pregunta que jamás se contestará. Un asteroide desolado describiendo parábolas azarosas en la amplitud del cosmos.

Era un sufrimiento ilimitado comprimido entero en la cáscara hueca de mi cuerpo físico. Era una conexión nihilista con la amargura perfecta. Como si me hubiera alzado al mundo de las ideas y hubiera descubierto en él todo lo terriblemente desolador escenificado a la perfección.

Pero no, otra vez. Estoy en un prado de hierba, mecido por la indiferencia de los seres que se limitan a ser, sin puntos suspensivos. Todo lo que sucede en esta supuesta enormidad tan horrible se encuentra embutido en el infierno que acompaña a todos mis senderos: mi mente. Pero su presencia, ya sea en un mundo inmaterial que escapa a mi razón, o física, representada en las incontables conexiones neuronales de mi sistema cerebral, engulle sin piedad cada poro de realidad que captan mis sentidos y es codificada por mis pensamientos.

Entonces, ¿cómo no voy a pensar que esto es real, si es mi única forma de ver el mundo? ¿Cómo puedo escapar del terrible maestro que me encadena a unos delirios turbulentos y suicidas? No hay forma alguna de lograr tal hazaña. No sé hacia dónde ir, ni qué tiempo me aprisiona, pero sé de lo que huyo, quizá deseando encontrarme en un constante alejar sin fin, para poder así desdibujarme hasta no ser más que una ínfima partícula del polvo del universo.

Bucur
Una caja con letras
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