Belén Vieyra Calderoni (España) Cuento

Mirar al cielo al despertar

«La única certidumbre es que es imposible vivir con temor.»
Laura Urbina

Me asomo a la ventana y solo veo miedo. Los nuevos días no traen consigo intriga, parecen venir desabrigados de esperanza. Respiran soledad y comen unas pocas migas de pan a oscuras. Hace semanas que no encuentro las gafas, debe ser que opinan que no hay mucho que ver, además yo no puedo ver de lejos, pero el pasado, sin embargo, parece estar cerca, curioso, es al futuro a quien le perdí la pista. La arboleda ya no tiene hojas y las calles de arcilla roja parecen contener dibujos aztecas. El arte en las esquinas y la historia vendida repitiéndose por doquier. Eso es lo que veo, además del miedo.


Las puertas de este ambiente tienen bisagras ruidosas que chillan cada vez que hago un amago de abrirlas. Y no quiero despertar a nadie. Vivo en un silencio inaudito, en el pliego de las leyes y bailo entre los lomos de los libros que quemaron hace cien años. A veces me pongo a leer con música tecno y muevo la cabeza estrambóticamente para recordarme que, en el universo, nunca estamos solos, que alguien me observa desde otra línea. Y me pierdo. Sin trance. Otra vez. Otra vez me pierdo en el silencio de los nadie desabrigados, los mismos de hace cien años, los mismos de siempre. Los despojados.


Divago entre laureles desconocidos y privilegios de plástico que nunca he poseído, los espejos no reflejan ya belleza sino complejos y miserias colectivas. Ruinas del colectivo de los nadie. Existir en esta era parece casi un prestigio, un logro inmeritorio y una desgana persistente cuando llega la hora de acostarse. La ridiculez y la lógica se han cambiado los papeles de la obra y ahora es el público quien vende los boletos del espectáculo porque ya conocen el final. Y no era esperado. Pero miro por la ventana y confirmo: los días ya no tienen intriga.


El ciclo estacionario cambió impredeciblemente los inviernos por eternos veranos, como en el Trópico, y aquí los habitantes nos morimos de frío en nuestra propia desnudez. Ese sea, quizás, el único trance inexplicable: la tozudez del miedo, la voluntad humana en equivocarse. El réprobo constante ante el avance. Miro afuera y veo la discrasia en todas las plantas, la paleta de la naturaleza ha desistido del arco iris porque el museo planetario cobra entrada a los visitantes y los pobres siguen sin tener algo más que cobre.

El sol no alimenta la luz, sino que va abrasando cada pequeño brote que se atreve a venir aquí. Todo se traslada a la ironía, la trampa se ha convertido en cartón y el oro en mísero latón. La lumbre del ruido en un círculo voraz que no abre los ojos a los que tengo alrededor y la utopía esconde su danza entre los restos de ceniza de las librerías quemadas hace más de cien años. Los vinilos están rallados y el vidrio de las botellas es la mejor compañía para escucharse. La premura ha perdido en la carrera, las apuestas más altas iban para la paciencia, que, por cierto, de momento, tampoco ha ganado. El podio quedó desierto por la incompetencia de los participantes.


Por su parte, el mar ya no ronronea cuando es plenilunio, porque ni siquiera él está despierto. Aquí parecemos todos mudos, nadie habla, solo se miran. Otros, escribimos. Y otros, continúan rezando. Los santuarios en lo alto de las colinas se visten de viejas fotografías en las que nadie se reconoce, ni siquiera los que ya no viven. Pero todos rezan. Nadie tiene monedas, así que, todos rezan. Impera el miedo, así que, todos rezan. Es lo único que sigue igual que antes: la fe cuando todo se ha perdido. Incredulidad con la realidad y entrega con lo que el alma siente. Historia humana. Supervivencia humana: mirar al cielo al despertar.

Belén Vieyra Calderoni
belenvieyracalderoni.com
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