Bucur Mironescu (España) Cuento

Volviendo a ti

Las primeras luces de la mañana me despiertan infiltrándose por un resquicio de la ventana. Me levanto algo mareado. Creo que ayer me pasé con las copas de vino; pero en aquellos primeros instantes de la mañana mis recuerdos del día anterior todavía se encuentran algo confusos.

Salgo de la cama y me dirijo a la cocina para servirme un vaso de agua, mientras espero a que mis pensamientos se asienten. El líquido es néctar para mi garganta reseca. Me apoyo en la barra de la cocina y poco a poco intento recuperar los hechos del pasado. Primero sonrío, pero esta sonrisa se desvanece a medida que voy recuperando la memoria.

“Te quiero”. Es la oración devastadora final, que me hace volver la vista hacia la puerta abierta de mi dormitorio. Camino silenciosamente hacia ella —voy descalzo— y me quedo bajo su umbral, inclinado sobre un lado, y miro a la mujer que está estirada en el colchón, tapada de cintura para abajo por una sábana blanca, durmiendo plácidamente. Apenas percibo su respiración.

Recorro con la mirada su espalda a forma de caricia, repasándola desde la nuca hasta el final de la espina dorsal, deleitándome con su bronceada piel. Recuerdo cómo encajaba su cadera con facilidad en mi brazo, mientras ella me sujetaba una mano y me acariciaba los dedos tiernamente con los suyos. Su pelo negro, liso, reposando en un lado, tan solo un poco revuelto: unas fibras que había perfilado el día anterior, fascinado con su tacto.

Habíamos salido del bar dejando a nuestros amigos atrás. Ella me había pedido que la llevara y, apenas arranqué el coche y atravesamos un par de calles, me propuso acabar lo que habíamos empezado aquella tarde con una copas de vino en mi apartamento. Le respondí que me parecía una idea sensacional.

Fue ella quien, una vez en el piso, descorchó una botella y vertió su contenido rojo sangre en un par de copas mientras yo preparaba algo de música lenta. Bebimos y bailamos. Bailamos e intercambiamos apasionados besos. Nos miramos varias veces en silencio, meciéndonos despacio al ritmo de la melodía, profundizando cada uno en los ojos del otro, intentando navegar en los abismos de sus iris color avellana.

Nos entregamos el uno al otro. Después apareció la calma y, con la luna iluminándonos desde el cielo, charlamos sobre infinidad de cosas, desde estupideces hasta secretos escondidos en el fondo de nuestras almas. Ella era preciosa. Preciosa en todos los sentidos. Sus sueños. El acento de su voz. Su forma de mirar. Sus heridas y sus cicatrices que la conformaban. Pero, pese a todo aquello, no la podía querer todo lo que podría haberla querido aquella noche.
Y ahora, bajo el umbral de la puerta de mi habitación, mirándola, pensando en la noche de ayer, volviendo a ti irremediablemente, me pregunto por qué le respondí aquello.

“Te quiero”.

“Yo también” le mentí.

Bucur
Una caja con letras
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