Plic, plic, plic

¿Se detendría el tiempo si ningún ser estuviera despierto? Si nadie está para escuchar un árbol caer en las profundidades del bosque, ¿ha caído ese árbol realmente?

Pensaba, mientras esperaba a que el agua de la tetera estuviera lo suficientemente caliente para prepararse el té. Eran las tres y veintitrés de la mañana. Una nueva pesadilla la había despertado y la había alejado del entresijo de almohadas y mantas que era su cama.

Se pasó la mano por el pelo enmarañado y suspiró. Hacía días que no dormía bien. Los problemas y el estrés la mantenían existiendo, no la dejaban abandonarse a la inconsciencia de lo onírico.

Apoyó la espalda en el borde de la mesa situada en el centro de la cocina-comedor, esperando como si realmente la incomodara esperar. Se distrajo con las gotas que, una tras una, lentamente, se lanzaban sin paracaídas desde el borde del grifo hasta el fondo de la pica. Pequeñas aventureras que desconocían el final de su destino.

Plic, plic, plic. Si ella no estuviera allí, hipnotizada por su monótono descender, ¿existirían? No acertaba a entender por qué aquellas preguntas que le recordaban a su antiguo profesor de filosofía, viejo y antipático, volvían a ella aquella misma noche. Su profesor le diría que sí, que por el simple hecho de levantarse por la mañana y ver el pequeño charco que se habría formado en el fondo de la plancha metálica, todavía pronto para haberse vaporizado a causa de los primeros rayos de sol, mostraría que esas gotas habían existido. Y todos asentirían y le darían la razón sin ningún tipo de disputa al antiguo catedrático.

Pero a ella nunca le gustó aquella respuesta. Si no hubiera nadie, ningún ser inteligente sobre la faz de la tierra para hacer constar la existencia de todo lo material, ¿existirían? O, todavía más acuciante, más punzante la duda, ¿importaría si existieran o no?

Le dolía la cabeza. La tetera había comenzado a pitar. Se sirvió el agua humeante en su taza favorita y sumergió con cuidado dos bolsitas de té en el líquido. Estaba cansada. Mañana tendría unas ojeras enormes, pero nadie le preguntaría por ellas, simplemente la mirarían como si no perteneciera a aquel mundo, como si proviniera de una realidad paralela.

Bebió su té demasiado rápido, pero no pareció importarle quemarse la lengua o, por lo menos, no lo suficiente como para mostrar ningún tipo de enfado por su impaciencia. Si ella fuera una gota, inocente, suicida, abocada al desastre, y desapareciera sin más, una madrugada a las tres y treinta y cinco, ¿lo vería alguien? ¿Pasaría de verdad? ¿O acabaría como las olas nocturnas del mar, que rompen contra la playa indiferentes, volviendo a la inmensidad sin que nadie se percate jamás de su ir y venir inmutable?

Bucur
Una caja con letras
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Publicado por Letras & Poesía

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