Mírame

Siempre he pensado que para encontrar la belleza uno debe encontrarse a su disposición. De alguna manera, nuestros ojos deben cambiar. No me refiero a cambiar de color. Ni de tamaño. No significa que de repente nuestras pupilas pasen a tener unas nuevas habilidades especiales. 

Me refiero a la forma de mirar. No es una acción que se pueda enseñar, como el tiro con arco, o coser, o preparar una tortilla de patatas. Es, en realidad, un hacer constante, que uno descubre de improviso en la cotidianeidad. Realmente… realmente estoy intentando explicar algo con palabras cuando ni yo mismo entendía nada de esto hasta que me encontré con ella. Ni poemas, ni ensayos, ni novelas, fueron capaces de traducir este hecho, pero su mera presencia hizo que bullese en mí sin que tuviera que esforzarme. 

Por eso tampoco puedo expresar aquí lo que sentí la primera vez que la vi. Fue como si me hubieran agarrado por la nuca sin previo aviso y me hubieran arrojado con violencia al mar, mis pulmones quedándose sin una molécula de oxígeno. Todas mis extremidades se quedaron petrificadas y mi boca ligeramente abierta, cortocircuitadas mis neuronas por unos breves instantes. Tuve suerte de que ella no me descubriera en mi perplejidad: si me la hubieran presentado directamente, no hubiera sido capaz ni de darle la mano. 

Por suerte, pude recobrar mi compostura para cuando intercambiamos nombres. Su voz, su forma de sonreír, la manera en que sujetaba su copa, cómo se colocaba el pelo detrás de la oreja: todo encajaba a la perfección. Su presencia me provocaba una sensación parecida a la de escuchar de nuevo una preciosa melodía que creía olvidada, escondida en el fondo de mi memoria, pero que ahora conseguía recuperar. 

Después de aquella noche, no volví a ver el mundo, mi existencia, con los mismos ojos. Detalles que antes permanecían ocultos ahora se me revelaban tras las esquinas de lo mundano, en los rincones de lo rutinario. De alguna manera, ella empapaba todo lo que formaba parte de mis días, tanto los libros que leía como la gente con la que me encontraba, y hasta los problemas parecían salpicados de destellos de su esencia. 

Este hecho se acentuó todavía más a medida que nos encontrábamos con más frecuencia. La melodía náufraga se había metamorfoseado en la banda sonora de la película de mi vida, y yo bailaba a su son torpemente, aprendiendo a base de improvisaciones los pasos de aquella danza que solo podía dominarse a través de la experiencia. 

Ella…. ella era un nuevo color. Uno que no había contemplado nunca con anterioridad, que no existía en la paleta de colores convencional, inconcebible antes de contemplarlo por primera vez. Había tintado los cuadros vivos que pintaban mis ojos de nuevas tonalidades, haciéndome ver como nunca había visto antes. 

Solo así puedo explicar la razón de mi arte. Incluso hoy, que su recuerdo se me escapa entre las manos, guardándose lentamente en los baúles del olvido, todavía siguen resonando sus notas en los trinos de los ruiseñores matutinos. 

Bucur
Una caja con letras
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Publicado por Letras & Poesía

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