Penal

A María Victoria García nunca le gustaron los penales. Eso me decía cuando yo todavía jugaba en el equipo de la universidad y le insistía para que me acompañara a esa vieja cancha con el pasto crecido en donde los demás jugadores, sin excepción, se la quedaban viendo cuando llegaba cogida de mi mano.

Por esos días nuestra relación pasaba —o al menos eso veía yo— por una especie de estado de placidez. Después de seis meses de novios no solo nos habíamos ido a vivir juntos a un apartamento por Santa Teresita, sino que cogíamos a lo loco por las noches y las mañanas. Además, los sábados, sin falta, iba conmigo a esos partidos en los que participábamos los egresados de todas las facultades.

Yo era el capitán de Comunicación y, como tal, no podía ir sin llevar a María Victoria García, que con esa pinta de reina rusa que se mandaba, representaba para mí una especie de victoria moral sobre el resto.

Ella, claro está, solo me ponía una condición para acompañarme: —Si el árbitro pita un penal a favor de tu equipo, no lo vas a cobrar, ¿me lo prometés? — me decía mientras me besaba el cuello y me tocaba suavemente ahí abajo, y a mí me daban ganas de mandar el fútbol al carajo y quedarme toda la tarde cabalgándola hasta sudar por litros.

Una vez, cenando, le pregunté por qué le temía tanto los penales. Y por primera vez se animó a decirme la verdad: resulta que su padre, el Flaco García, a quien yo recordaba vagamente porque no tuvo una carrera muy destacada en el fútbol, le habían echado la culpa de que su equipo hubiera perdido un título por fallar un penalti en el último minuto de una final. La tristeza lo enloqueció y nunca pudo pisar una cancha de nuevo.

—Te imaginás, Eugenio, dónde estaría yo ahora si mi papá hacía ese gol y se volvía famoso — me preguntó y luego miró hacia un lado, y yo pensé que quiso decirme que, si su viejo no se hubiera deschavetado por haber fallado ese disparo, probablemente yo no hubiera tenido chance alguna de conocerla y ser su novio.

Eso fue lo que me motivó, el siguiente sábado, a cambiar la historia y patear el penal definitivo ante Ingeniería para ganar el torneo de egresados de ese año.

Cuando el juez sancionó la falta después de que el defensa de ellos me derribara con una carga sobre la espalda, tomé la pelota con decisión y luego miré hacia la gradería, donde María Victoria, pálida como nunca la había visto, cerraba los ojos con fuerza esperando que todo, lo que fuera que se diera, terminara pronto, como si fuera una niña pequeña esperando a que le apliquen una inyección.

De frente, el arquero de ellos se paraba en forma de una cruz gigante dispuesta a ir donde fuera, así que decidí liquidarlo con un remate al ángulo inferior izquierdo, el punto débil de los Goliat del fútbol.

Disparé con decisión, pero el balón se estrelló contra el palo y se fue dando botecitos hacia afuera, mientras yo me moría y ni siquiera me atrevía a mirar a la tribuna.

Cuando se acabó el partido, abandonamos la cancha en medio de la algarabía de los ingenieros, que sí que saben mandar los números a la mierda cuando se trata de celebrar. En el camino no cruzamos palabra alguna y en la noche no hubo cabalgata, solo un partido de silencios en el que intuí que la relación había llegado a su minuto final.

Al otro día —como lo veía venir— María Victoria García salió del apartamento sin decir nada. La última imagen que recuerdo de ese momento es la de su esbelta y rubia figura alistándose con prisa. Fui incapaz de decirle algo. Solo me limité a ver cómo mi alma de delantero se diluía a medida que ella se alejaba.

Hundido en el sofá de la sala, sentí el verdadero peso de mis frustraciones, y las repasé una a una en mi cabeza, convenciéndome de que quizá habían sido demasiadas para un tipo de treinta y cuatro años.

Pensé entonces en solo acostarme a dormir un largo rato, con la ilusión de despertarme con un nuevo panorama de las cosas, pero minutos después alguien abrió la puerta del apartamento. Era ella, inesperadamente de regreso y con un paquete en sus manos.

—A ver si con esto no me ponés en ridículo otra vez, Eugenio— me dijo, tirándome una caja de la que salieron un par de guayos nuevos.

Sin esperar mi reacción, María Victoria García salió disparada a la habitación y se tiró a la cama.

Eran las once de la mañana y yo, mudo todavía, no pude hacer algo distinto a quedarme viendo la luz que se colaba por la ventana.

Daniel Molina Durango
@Damodu1991
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Publicado por Letras & Poesía

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