Martina

Martina observaba con diligente atención el fugaz paisaje que se disipaba por la ventana. Los frondosos árboles se fundían con la sucesión de estacas, de madera envejecida, que estaban clavadas en el árido terreno. El antiguo tren en el que viajaba dejaba un rastro de polvo y humo a su paso, que se podía ver desde lo más alto del profundo valle, como un remolino de sueños, piedras y anhelos. A sus 70 años, y sentada en el primer vagón, volvía a su ciudad natal y se preguntaba si alguien la recordaría. Si alguno de sus viejos amigos había vuelto a pensar en ella alguna vez.

La historia de su partida comienza un caluroso día de verano, en el número 74, de la calle Weinsteir, en Nueva Orleans. Su madre, ávida de nuevas ilusiones, había conseguido un trabajo en Nueva York, en la recepción de un lujoso hotel. Martina había recibido la gran noticia sentada en su pequeña banqueta mientras intentaba retener, en su diminuta cabeza, más de 5 o 6 jugadas de ajedrez. En un primer momento, le inundó una terrible tristeza. Ella amaba cada recoveco de aquella casa, su pequeña habitación, su abarrotado barrio los domingos por la tarde y sus amigos de toda la vida. Pero enseguida, empezó a ver las nuevas oportunidades de aquel cambio; nuevas esperanzas, nuevos paisajes, nuevas gentes.

Esa misma tarde, las cajas y el jaleo constante, anunciaban una inminente mudanza en la casa de Martina. La tía Tulia había venido desde muy lejos para ayudarles a empaquetar todas sus pertenencias. Tuli, como la llamaba Martina, era una mujer dura, sensible, arremangá y muy divertida, que había heredado una pequeña fortuna del último hombre con el que había estado casada, y que un tren, a toda velocidad, se lo había llevado por delante la Nochebuena del invierno pasado.

Tulia, al enterarse de la trágica muerte de su esposo, había reaccionado al duelo de la manera más extraña que Martina había visto en su corta vida. Sentada elegantemente en la mecedora de mimbre del porche, con un humeante puro habano en sus labios rojos y con un vaso de whisky escocés, se había lanzado a cantar una preciosa canción inventada por ella misma:

Esa oscura noche en la que te fuiste,
no supe qué hacer, ni qué decir.
Me vestí de negro ajustado y perlas blancas,
para que me vieras caminar hacia ti, por una última vez.
Disfruté tu risa, amé tu oscuridad
y ahora que ya no estás
terminaré con tus ahorros,
a la orilla del mar.

A última hora de la tarde, la casa estaba ya vacía. Se podía contemplar fácilmente el papel maché, de colores avinagrados, que envolvía el salón y parte de alguna de las estancias. Martina se paseaba por última vez y acariciaba, embelesada, las delicadas paredes de su habitación, mientras dibujaba en su memoria aquellos juegos, risas, enfados, llantos, bailes y tristezas que habían llenado su mundo interior.

De repente, sonó el timbre y Martina bajó, apresuradamente, las escaleras. Abrió la puerta y se sorprendió al ver que eran Jako y Marlene, sus dos mejores amigos, agitando una pesada bola de cristal que en su interior contenía un pequeño y peculiar pueblo nevado, de casas ondulantes envueltas con paredes de fino cristal. Martina le puso nombre allí mismo, Blancpotie.

El último recuerdo que tenía de aquel día era el de su tía Tulia, en la cocina, afanándose por conseguir la mejor carne asada, sangrienta y especiada, de toda la ciudad. El olor a carne llegaba hasta las habitaciones de la parte de arriba y se colaba por las grisáceas casas de los vecinos.

Aquella partida del número 74, de la calle Weinsteir, había resonado en su memoria durante toda su vida. Y regresaba a ella en ocasiones. Se presentaba sin avisar, para endulzar un nublado día. El tren en el que viajaba Martina llegó a la estación de Nueva Orleans, a las 11:35 de la mañana. Una mañana cálida, de olores terrosos que colmaban el agitado ambiente ferroviario. Se bajó apresuradamente y anduvo, pensativa y muy emocionada, hasta la calle Weinsteir. Al llegar a la altura del número 74, descubrió que se había convertido en el número 10, de la calle Malone. Se sorprendió al descubrir que su antigua casa era un coqueto restaurante italiano. Al acercarse, y mirar la carta, Martina observó el plato especial de la casa: espaguetis a la boloñesa con carne asada al estilo Tía Tulia. Era el número 74.

Natalia Cabanillas Sola
nataliasola.com/
Leer sus escritos

Publicado por Letras & Poesía

Somos una plataforma literaria que promueve el trabajo de escritores independientes. Lo hacemos priorizando el talento, fomentando la libre expresión y ofreciendo contenido de calidad, así como experiencias literarias invaluables a disposición de todos. Nuestro objetivo es posicionarnos como la plataforma literaria más destacada de habla hispana y como la mejor alternativa independiente para lectores jóvenes y adultos.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: