Polvo sobre el tiempo

A Titi

El polvo caía desde lo más alto de nuestros huracanes, de aquellos que hacíamos con el revoloteo de las piernas y la pelota. Nos gustaba tener que ubicarnos en este torrente de tierra; sin mirarnos, solo ella, vos y yo, ¿recordás? Luego de unos segundos pasaba la niebla y podíamos seguir con nuestro vaivén. Aquí, en este espacio tan rectangular, éramos como salvajes con elegancia. A ella la tratábamos de igual forma, pero siempre queriéndola, y queriéndola a nuestro lado.

Recién gateábamos y ya sabíamos lo que era meter un gol. Tuvo que pasar poco tiempo para rodar junto al balón, y así, hacerlo parte de nuestro andar con los años. Todos los chicos nos juntábamos después de la escuela: vos y yo éramos casi siempre los primeros en llegar a la canchita. Teníamos 7, 8 años, pero nos sentíamos mucho más grandes que cualquier otro curioso caminante. Qué importaba dejar las maletitas en la esquina todas empolvadas: siempre pesaba menos al final del juego. A la hora más naranja de la tarde nos íbamos disparados a casa y la pelota la turnábamos, y como éramos siete pibes, siempre nos reconfortaba que una vez a la semana nos toque un día y sea lo último que mirásemos antes de dormir.

Siempre vos y yo caminando por el trecho descolorido a la misma ruta: yo a mi casa y vos a la del costado. Nuestras viejas también eran como nosotros, ¿no? ¡Cómo quería mi vieja a la tuya! Supongo que no se trata mucho de destinos ni caminos en la vida: ellas ya eran amigas desde antes de conocerse. Igual que nosotros. Jugabas a la pelota y ambos la queríamos. Así nos conocimos bajo el sol y no hubo vuelta atrás. Y bueno, pasamos mucho tiempo fuera de casa… Es que siempre la tuviste más difícil que yo. ¿Cómo no nos dimos cuenta de que no todo se trataba de meter goles, que la vida más jodida estaba allá, fuera de la canchita? Nunca conocimos a tu papá, pero no importaba mucho en ese entonces. Mi viejo llegaba tarde a casa con las figuritas de los equipos nacionales, ¿recordás? Así lo quería, de ahí no recuerdo mucho. Ahora todo ha cambiado tanto, tanto, che…

Éramos como hermanos, ¿sabés? Así lo sentí siempre, incluso después de irme. Nunca quise tocar el tema, creo que para no jodernos más la tristeza. Solo creo que llegó el día como una despedida habitual, pero ya sabíamos que la pelota iba a dejar de volar. La libertad, che, no es tan fácil como parece. Irme de la casa fue tan bueno como tan difícil, y aun así fui creciendo. Pensaba en ustedes, en los chicos que fuimos, en los pibes que corrían en la canchita después de nosotros, en las viejas, en mi vieja… y luego, con tanto en la cabeza, dejé de pensar en ustedes. Me cansaba pensar en ver las mismas caras, en los mismos huracanes que creábamos y ver que allá en la ciudad todo era distinto. Las calles, la gente, todo, ¿me entendés? Siempre me dio la impresión de ser un hormiguero, tal vez por su manera de ebullir. Y me quedé, con mujer e hija, a envejecer poco a poco. Ellas nunca vinieron aquí, y creo que tampoco insistí en que lo hicieran. Como mi vieja se fue mucho antes de conocer a Antonia, lo creí innecesario. Ahora mirame, bajo la puerta de los Martínez. Su casa no ha cambiado tanto, pero aún no voy ni a la tuya ni a la mía. En un rato llamo a mi primo para que me reciba.

Veo la canchita ya sin las rayas blancas: el cemento la protege de las caídas y huracanes. El olor no es igual y en los alrededores hay más color. Algunos del barrio me han reconocido, han sonreído y se han pasado de largo. Otros se quedan mirándome; los demás, siguen con su andar. Pero vos, loco… vos no estás más. No está más el pibe que me seguía, con quien jugaba y parecía morir por patear las frustraciones. La semana pasada fue que me llamó mi primo. Dice que fue repentino, espero que sin dolor. A mí me cayó el peso de la memoria y el olvido encima, y tuve que venir a recordarte. Llevo muy en el fondo las vivencias de chico y en todas estás vos. ¿Por qué duele tanto la niñez, el crecimiento que llevamos en el alma? Todo aquí está paralizado, las calles siguen siendo casi iguales, y seguro que también a vos te vería igual. Sé que estás bien, tus pasos aún no se borran de la tierra. Solo espero que te hayas llevado la pelota, que la tengas a tu lado, la patees al arco, vuelva a ti y sea tuya, solo tuya. Que cierres los ojos lentamente y que, por siempre, sea lo último que mires antes de dormir.

Andrea Crigna
@ukis_crigna
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Publicado por Letras & Poesía

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