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El vacío

El ruido de un martillo me arranca del alivio del sueño. Abro los ojos con esfuerzo, se me han pegado y los siento hinchados. Levanto y bajo los párpados en un intento de generar agüita para lubricarlos. ¿Tiene nombre esa agüita? Cojo el móvil y lo googleo. Atrás quedaron las buenas intenciones de despertarse y, antes de hacer cualquier otra cosa, dar gracias y sentirse afortunado de estar vivo. O sonreír. ¿Sonreír a qué? ¿Para qué? Lágrimas. Así se llama el agüita. No necesitaba de Google para saber eso. 

Me siento tentada de mirar a mi derecha, pero en un arrebato de fuerza de voluntad me giro hacia el lado contrario y me levanto. Si no lo veo no existe.
Al vivir en un edificio de apartamentos con paredes de cartón, uno se acostumbra a escuchar todo lo que te enseñaron que no debía escucharse porque era privado, pero siempre hay alguien cansado de estar encerrado en su propio cuerpo y empieza a los gritos por cualquier cosa. Como mi vecina de abajo que pelea con su hija adolescente sobre no sé cuál nuevo drama. Me siento en el sillón y cierro los ojos para que se agudicen mis oídos. Sus voces me hacen la única compañía que quiero: una que no me pregunte nada. 

Cuando pican el timbre me hago la tonta, quiero que la puerta quede cerrada conmigo adentro y afuera, todo lo que continúa como si no hubiese pasado nada. Quiero la última docena de rosas que me trajo aunque sus colores ya no vibren, quiero la edición de Orgullo y Prejuicio que me regaló, aunque ahora esté juntando polvo en la mesilla del living. Quiero que las pastillas para dormir se mantengan al lado de mi cama para ayudarme a olvidar. 

El timbre ya no suena, ahora aporrean la puerta, mi hermana no se va a ir con facilidad. Destrabo la cerradura y me voy a la cocina sin esperar a que entre. Ella me persigue, como tantas otras cosas. —Parece que ya tenemos un nuevo récord de días sin bañarse.
Levanto las manos. Una la muestro completa, de la otra solo levanto un dedo. 

—¡Qué bien!—exclama, poniendo los ojos en blanco.
—Te vi—le digo con la voz rasposa.
—Mejor—me mira de frente, desafiándome a que baje la mirada—. A ver si tanto fastidio mío te roba un poco del tuyo.
Me encojo de hombros.
—Eva—suspira—. No porque no hables…
—Sí—la paro—. Si no hablo no existe.
Niega con la cabeza. Se pone a hacer té y huevos revueltos. Saco una manzana algo pasada del bol que funciona de centro de mesa, la mordisqueo un poco antes de dejarla en un platito al que le falta un pedazo. Se le ve el yeso como si fuera una uña. Lo giro y una rajadura lo atraviesa de lado a lado. Un pequeño golpe y se partiría en dos. La manzana picada se me cae de la boca cuando la abro para llorar y respirar. 

Al día siguiente el ritual es el mismo aunque esta vez, quien toca la puerta, es mamá. —A la ducha— dice sin saludar.
Le hago caso. Cuando me ve aparecer con un pijama algo raído chasquea la lengua. —Vamos a ir al parque de enfrente, ponte algo decente. 

Voy a mi habitación arrastrando los pies, como cuando era chica y lo único que me hacía sufrir y patalear era tener que lavarme los dientes antes de dormir. 

Me visto con algo menos casero y mi móvil empieza a sonar. Esa música debería haber quedado enterrada para siempre. Me giro con rapidez y lo apago. El corazón late tan fuerte que me hace doler la garganta. Trago con dificultad, cierro los ojos y presiono mi frente contra la puerta del placard. Lo apagué, así que no existe. 

Cuando estamos sentadas en un banco sin mucha sombra, mamá observa mi perfil en silencio mientras yo le tiro galletitas a las palomas.
—Dice tu hermana que no quieres hablar de lo que pasó.
Despego los labios que duelen. 

—Es que la muerte me parece algo tan inevitable que no tiene sentido contarla.
Ella intenta tocarme el brazo y yo lo muevo, incómoda, hacia mi regazo. Si no lo siento, no existe. 

Pasa otro día, u otra semana. Abro los ojos cuando el sol me obliga. Me cubro con la mano derecha mientras la izquierda recorre la otra mitad de la cama. Demasiado tarde me doy cuenta de lo que estoy haciendo. Esta vez el llanto viene como en arcadas, con dificultad para respirar y emitir sonido. Cuando lo logro, lloro a los gritos. No me importan las paredes de cartón, ni los vecinos, ni nada. Me da igual bañarme, comer, respirar. Me da igual. Si me da igual, no existe. 

Cuando me quedo sin agüita miro fijamente el techo mientras mi pecho se acostumbra a respirar con normalidad. Me imagino abriéndome con las manos la piel, la carne, pasar por las costillas y llegar al corazón, acariciarlo y decirle que va a doler por un tiempo, pero que dicen que, en algún punto, ya no va a doler más. Mi corazón no cree nada de eso, sigue doliendo, latiendo malamente, saltando, quejándose por obligarlo a pasar por estos dolores de muerte. 

A las dos de la mañana alguien pica el timbre. Cierro los ojos y las lágrimas que deberían haber caído en la almohada lo hacen en mi cuello, me recorren como una caricia que no volveré a sentir. Y el timbre sigue sonando como un fantasma incansable. Pero ya no lo escucho. Si no lo escucho no existe. El vacío no existe. 

sanna liemis escritora

Sanna Liemis
@sannaliemis
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2 respuestas a «El vacío»

  1. ⭐⭐⭐⭐⭐

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  2. Avatar de Lorena Lacoste
    Lorena Lacoste

    Siempre me gustó ese cuento 🩷

    Le gusta a 1 persona

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