I
—No sé, búscalos en el cuarto a ver si las dejaste ahí.
Julia se dirigió hacia la gaveta pequeña que estaba junto a la pared. Antes de abrirla se percató que, tras las cortinas y el cristal sucio de su ventana, alguien estaba parado (o parada) en el árbol de su patio. Había gran distancia, pues era una casa de dos pisos, así que nunca pudo diferenciar si era un niño o una niña. Sólo pudo ver que estaba vestida de blanco (decidió que era niña, Julia siempre fue así, firme, desde que salió del Barrio Chino de Vega Baja hasta viajar a Panamá y regresar de Barcelona), y que la niña aguantaba con ternura el tronco del árbol hasta esconderse detrás de él.
Como si estuviera jugando con ella, Julia también se escondió un poco. Incluso, imaginó sentir en su pecho el eco de una infante sonrisa.
Julia pensó que era una de las hijas del vecino, así que no se precipitó en buscar explicaciones. Acto seguido, abrió la gaveta para sacar la tijera y la tela que su hijo le pedía. Cogió todo en sus manos y, cuando se volteó para dirigirse al cuarto del lado, brincó.
La tela se levantó en el aire y cayó a unos pocos metros de distancia. La misma figura fantasmagórica que había visto en el árbol del patio ahora estaba jugando sobre su cama. La tijera cayó en su pie desnudo. La cortó un poco, aunque lo suficiente como para producir un segundo grito, mucho más alto. La tela arropó las pocas gotas de sangre que se corrían ahora por el piso, y las pisadas de alguien se comenzaron a acercar al cuarto. Ya advertida por el crujido del suelo y el leve movimiento de su misma sangre… Julia buscó componerse como pudo.
—Mamá, ¿qué pasa? ¿Todo bien? ¿Por qué gritas?—Su hijo entró con su pecho en la boca.
La mirada de Julia estaba fija en la cama con sumo asombro. Luego, brincó en sitio de nuevo. Su hijo no veía nada. Julia sintió las manos de José tocándole el pie, justo en la herida. Entonces, volvió a sentir las manos de su hijo, pero esta vez en su rostro. Al mirar los ojos que había heredado, bien abiertos, un poco de sudor se le plasmó en su—.
Si no se había equivocado: Julia hubiera jurado haber visto en el espejo del cuarto un movimiento. La niña que había visto no era más que un reflejo de su propia niñez borrado ya por la pálida sombra de su madurez. La notó cambiar, crecer, llenarse de besos y suspiros, quedar embarazada, dos, tres veces, hasta llorar en silencio, llorar con José, llorar a gritos, y sentir el último abrazo de Papa Eddie, y sentir, sentir su olor orbitar en los fragmentos de su poesía, o del estetoscopio.
—Tengo que contarte tantas cosas, José. Tantas cosas.
II
Eras, José, un cuerpo frío falto de mi abrazo. Tenías en tus ojos, los mismos ojos de Julia.
—¿Estás bien?—Te pregunté.
—Me contó tantas cosas, mi amor. Tantas cosas.
En realidad, cuando subí al cuarto a buscarte no era a Julia a quien encontré contigo. Eras solo tú, José, reviviendo esa memoria de Julia. Le hablabas a la ausencia, con la misma ternura con la que Julia se recordó de niña.
—¿Por dónde empezamos?
—Por el Barrio Chino de Vega Baja, y el día que Madrina Oli se quedó sin comer. Vega Baja era un pueblo pobre, y Julia vivía frente al cementerio, justo al lado de la gallera y el colmado de Tatito…
La memoria, mi José, con tan solo la memoria…

Irving Saúl
irvingsaul.com
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