Aunque unos días
tiemble la fe o tirite;
aunque sea
la esperanza entonces un olvido;
aunque sintamos la ausencia
de otro cuerpo, uno,
habitando
la memoria, el futuro o la fantasía;
incluso si no alcanzamos
hoy a tocar al amigo
y resuenan las palabras en una cueva sin fondo:
el día se vuelve a vestir siempre de gala.
Gala incesante de la realidad,
que duermes negra e hipnótica
y temblorosa pueblas de luceros que se cruzan todos los cielos
y se hablan entre los tiempos.
Tú nos apartas
a veces de nuestros sueños entre tu sueño
a explorar
las entrañas de lo inescrutable empapadas de negro.
Y después despiertas,
traes tempestades de luz veladas
a veces por fantasmas grises
y derrumbas los muros implacable
que invisibles separan a tus seres solitarios.
Resucita el amanecer al roble
y se despliega como una mano infinita;
de la penumbra emergen nuevos
tus candelabros, tus hogares azules, tus mantos
verdes y vibrantes.
Todas las criaturas nacen
igual para el radiante y el desdichado
y todos los hombres tiemblan y se admiran,
todos sienten abrirse una semilla
si tienen valor para arrancarse los años de los ojos.

Fernando Benito F. de la Cigoña
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