Mamá comienza a emperifollarse al bajar la luz del día, cuando el cuarto se torna de amarillo intenso y refleja esplendorosamente su luminosidad contra el espejo. La cortina ondea y deja entrever un rayo sobre el antiguo tocador de madera, tibio, con frascos de lociones, una cesta con accesorios de cabello y un par de joyas. Chucherías. Yo le digo que cierre la ventana, que ya hace frío. No me escucha: está sumergida en lo suyo. Empiezan a oler los jazmines de la señora Dorita, nuestra vecina, que tímidamente desprenden una brisa terciopelo por los aires. El crepúsculo avanza azuzando a las gaviotas. Vuelan.
Se sienta mi madre frente al tocador, cada tarde, contemplativa. Toda ella, señora fina de su barrio, terriblemente serena, ocupa un gran lugar frente al espejo. Comienza a sacar del cajón su maquillaje de siempre: polvos sueltos, sombras azules y terrosas, delineador de kohl, brochas, un pintalabios espectacular: el más rojo de todos, por supuesto. Como siempre, estalla una polvareda cuando abre la paleta de rubores, escarchando el aura de toda la habitación. Juro que es como la magia misma.
Es guapa, mamá, cuando se suelta la liga y se revuelve la melena seca y marcada de estar tantas horas enrollada en un moño. Peinada perfectamente y lamida con gel barato, se hace los últimos retoques antes de salir de casa. Se mira unos segundos y le tira un beso al espejo antes de levantarse. Desde que mamá murió, ha seguido con esa costumbre de irse a maquillar donde antes era su cuarto; ahora, de Esteban. Le he pedido que no haga tanto alboroto cuando esté ahí, pero no hay caso. Pareciera que a Esteban tampoco le moleste la presencia de su abuela.

Andrea Crigna
@ukis_crigna
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