Contemplo esta apacible, sonriente
convalecencia dócil del otoño;
las únicas que a sucumbir resisten
son las fieramente agónicas,
humanamente tercas
garras de las ramas
que en vano buscan apresar
la inmarchitable, aérea
melena de las brisas…
Los ausentes -pienso
presenciando tal escena-
son aquellas, son aquellos
que ya de nuestro lado
no habrán de irse nunca,
que anúdanse a nosotros
con lazos de silencio.
Tu muerte fue una muerte
lentísima, pacífica,
una de esas muertes sacras que,
tras mortificarlo,
vivifica al que se queda,
pues le guía
-a través de la senda pedregosa
y angosta del dolor-
hasta el cercano aunque ignoto,
abierto aunque velado,
fulgente aunque escondido
vergel bien florecido
del amor hacia la vida
y hacia todo lo nacido.
Son tu muerte
y mi vida
indisociables
como tierra
y semilla.

Adrián Guerrero Alcoba
@desierto.atardecido
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