«Paisita, ¿me invitas algo de comer?»
Estos audífonos guardianes de certeza
dificultan reconocer el llamado
hasta que el giro te revela.
Desobedezco el impulso,
la fuga del ser visto,
y asiento con el miedo
incrustado en nuestras pupilas
café para despertar mi letargo;
Ayunas de mis horas y un pan para abrigar
tu joven desamparo,
la cuenca vacía que cargan tus manos
y la desidia que entumece la cafeína.
Masticando mis dudas,
desconecto mi lengua,
un estorbo;
duelo mi mirada,
un artificio.
A pesar de mi camuflaje bélico
pudiste hallar los rastros camaleónicos
del saberse de este lado de la ciudad
extraños.
Cumplimos un rol,
luego nos vamos
porque hace dos meses no recibo mi sueldo
y estos bocados son los últimos respiros de mi padre.
Tú no necesitas saber eso,
nuestros fantasmas no
habitan palabras.
En esa porción de empíreo,
(Tchaikovski y la curva de mi espalda
se cansan de no mirarte)
si preexistiera el vaivén de tiempos,
mi exoesqueleto hubiera dejado de esconderse
de sí mismo;
parasitado con las letras
plagadas de las luces
del placer, dolor y estruendo
de haber matado a la niña
que en tus ojos pequeños
descubre al otro compañero
vivo.
Estas carencias
que en su distancia se encuentran
no escapan de un mausoleo
de dime-tu-nombre
atorados
en esta muerte del silencio.
Mis manos intentan recrear
lo que el quiebre ha fracturado.
Un fin de los tiempos
desplegado
mientras yo sigo apagando las llamas de
toda esta humanidad que perece
en el renacimiento
de no ser cuando.

Marianela Garrido
@marianela.1l1
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