A las 10:00 de la mañana buscó su caja de juguetes. Era una caja pequeña llena de polvo y hongo. La colocó en el suelo como lo haría cualquier persona a punto de comenzar un ritual. Sacó al héroe, Zájir, primero. Luego al león, El Español. Al ver ambas figuras, una al lado de la otra, pensó en sentarse. Lo hizo, primero colocando una mano en el suelo y luego su cuerpo. Se percató que esa mano se ensució y optó por limpiarse con su camisa. Cuando comenzó a jugar, ya su madre corría de un lado a otro de la casa en busca de su padre. Lo sintió en el aire: esa sensación de que alguien pasaba por detrás de uno. Miró hacia atrás, pero ya su madre no estaba en el recuadro que crean las puertas. Volvió a su aventura con Zájir.
A las 10:08 de la mañana el techo comenzó a desprender un hilo de polvo que caía sobre El Español. Miró hacia arriba y pudo ver la grieta que emanaba aquella blancura. Lo hizo estornudar. Se puso de pie. De nuevo colocó primero una mano sobre el suelo y se impulsó con ella. Al notarla sucia, volvió a limpiarse con la camisa. Dobló las rodillas, estiró las manos y tomó la caja de juguetes y la ubicó lejos de la lluvia de polvo. Para colocarla en el suelo fue igual: dobló las rodillas y la colocó con delicadeza. Su madre, esta vez, se paró en el recuadro de la puerta para mirarle. Cuando se percató de su presencia volteó el rostro y sus ojos se encontraron. Había terror en su mirada. Había amor también. Ella respiró profundo y continúo su camino por el pasillo. Zájir se quedó en pie, pero El Español se cayó de lado. “Auxilio”, pensó que le decía el león. Las patas temblaban un poco, paralelas, mirando hacia la pared. “Auxilio” pensó escuchar del Español de nuevo (en realidad era la voz de su madre a gritos).
A las 10:14 de la mañana ya se escuchaba el sonido estridente de las alarmas. Tenía a Zájir en su mano cuando volvió a temblar el suelo. El polvo llovió una vez más, y cuando miró hacia arriba se percató de nuevas grietas. El Español ya parecía un león de invierno. Soltó a Zájir. Quería limpiar al león, pero no sabía cómo. Su camisa estaba tan sucia con las manchas de sus propias manos que se frustró. Volvió a temblar el suelo. El sonido de las alarmas se convirtió en otro sonido. Algo chillaba en su oído. Metió su dedo en la oreja izquierda justo en el instante en el que volvió a temblar de nuevo. Se percató que las cosas a su alrededor se caían y quiso, por instinto, llorar. No lo hizo. No pudo, en realidad.
A las 10:15 de la mañana, el quinto misil lanzado impactó aquel techo agrietado.
A las 10:52 de la noche, doce horas con treinta y siete minutos luego, encontraron su cuerpo. Estaba acurrucado entre los brazos de su madre. Zájir había perdido la cabeza. El Español se había perdido por completo.

Irving Saúl
irvingsaul.com
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