Convivencia

3:33, hora del diablo según su abuela y las películas de terror. Los cristales de su habitación vibraban al son de los gritos. En otras circunstancias, sería fácil presumir el inicio de un terremoto o la antesala del apocalipsis, pero era algo peor: sábado por la noche en el Born. Noches como esta le quitaban brillo a la idea de mudarse al corazón de la ciudad: un sitio desde donde te mueves mejor por sus arterias, pero no se te pasa por la cabeza que los latidos frenéticos te llegarán con más fuerza. Clara sabía que en su edificio las fiestas estarían a la orden del día, pero esta no era la típica fiesta que puedes acallar con unos audífonos y tu propia música, esperando pacientemente hasta que el sueño te ensordezca. No, no, esta era esa algarabía que se filtra entre tus venas y te inunda de júbilo o de rabia, dependiendo del lado de la puerta donde te encuentres. Peor para ella, el ejemplo perfecto de chica anti-fiesta. Llevaba horas aguantando la música, pero ya no podía más. Con un respingo, se levantó y pegó reiteradamente a su ventana, que daba al patio interior, pero por desgracia sus golpes quedaron acallados por un “Galileo, Galileo” que habría despertado al mismísimo Freddie Mercury de la tumba. 

¡Qué rabia le daba esta ciudad que le había robado su voz de trueno y ahora también el sueño! Los años acá le habían hecho olvidar ese arte de convivir con el ruido a todas horas y generarlo de forma inconsciente. Cuando naces como lo había hecho ella en una ciudad del Caribe donde hasta el vecino se entera de que la mesa está puesta, tu voz suele resonar en las multitudes cosmopolitas que no se rijan por esa norma. En sus primeros años en España, más de una mirada cargada de censura se había ganado por explicar una anécdota o pedir direcciones, lo que llenaba de vergüenza una piel que no puede ponerse colorada. Así, esa voz potente heredada de generación en generación yacía helada en el fondo de su garganta. Aparte, no podía jugar al cobarde como hacían sus otros vecinos, que ya oliendo lo que ocurre en un sitio como este suelen escapar los fines de semana a casa de parientes en el pueblo u hoteles en la Cerdanya. A ella le tocaba quedarse en su pequeña habitación interior, donde apenas cabía su cama, un armario empotrado, una mesita y la mitad de sus pensamientos. 

La cacofonía la arrancó de sus quejas mentales, se enredaba en sus neuronas y, como si de un superpoder (o una alucinación) se tratase, parecía escuchar toda la escena que se sucedía en el apartamento con la luz encendida: un vaso de plástico cayendo en una alfombra y derramando su contenido; telas rozándose con la canción siguiente, el “temazo” del verano que sabía perfectamente incluso odiando el reggaeton; el tintinear de una hebilla desabrochada, un paquete de condón siendo rasgado; un sonido similar al aleteo furioso de una paloma; un tacón que se doblaba en el salón; un cuerpo que caía al suelo acogido por risas atronadoras con tintes de Jagger. 

¿Llamar a la policía? Clara lo sabía inútil. Conocía a la anfitriona de encuentros furtivos en el ascensor: una chica extranjera, americana seguramente, con voz de chicle y precioso pelo rubio platino. En un día como este aquella “expat” (que no inmigrante, no osemos ofender a esa estimada extranjera que tiene dinero y vino con ganas de “encontrarse a sí misma” seguramente con una palabra tan fea que denota pobreza e intrusismo) no se llevaría más que una reprimenda dada con señales de signos por un policía que no haría más que fijarse en la “pechonalidad” deslumbrante de la chica. Si ella ya sabía lo que tenía que hacer: ya se proyectaba yendo a la cocina, tomando el cuchillo más afilado del primer cajón, bajando las escaleras hasta el tercer piso y, el preciso momento en que la chica abriese la puerta y la inundase con su alcoholizada voz de pito, rajarle de un tajo limpio la garganta, tal y como le enseñaron en una visita a San Juan cuando tenía ocho años: “así se tiene que matar a una gallina”. No volvería a su apartamento hasta que no se hubiese detenido el corazón de la rubia y se asegurase así de tener silencio absoluto. 

Es evidente que no bajó con el cuchillo en la mano: se lo colocó en la liga de los pantis, bien oculto por un chándal oversize. Con lo que le había costado a su abogada esconder el “pequeño incidente” de hacía unos años, no podía permitirse que la vieran con ningún objeto que pueda considerarse arma (aunque cualquier cosa puede ser un arma si la sabes usar, pensaba ella). Sabía que esa idea no la podía exponer en voz alta de nuevo, los ojos ojipláticos del psiquiatra se lo habían dejado claro poco antes de su primer ingreso. Le parecía broma cómo sus palpitaciones parecían haberse acompasado con la melodía siguiente, “We will rock you”. En verdad era un buen beat para lo que quería hacer cuando le abriesen la puerta. Irónico todo. Casi un minuto después de haber tocado el timbre, le abrió la chica con un vestido de lentejuelas que hacía juego con la bola de discoteca colgada con washi tape a la lámpara del salón. 

—-Hiiiii ¿Do I know you? 

La rubia estaba extrañada, pero su cuerpo ladeado indicaba invitación, como si pensara que la extraña también se uniría a la fiesta. Clara se colocó las manos en la base de la espalda, pegando el cuchillo lo más posible a su piel, lo suficiente para que el acero enfriase sus pensamientos. Necesitaba que le costase sacarlo si perdía la cabeza, no podía pasarle otra vez; sabía que sus pechos y el color de su piel no serían tan convincentes ante la policía como la de la rubita borracha que la miraba con sonrisa Colgate. Sería su fin si la reconocían, era casi imposible, pero todo podía pasar. Aunque Clara tenía un inglés impecable, se redujo a decirle con muchos gestos: 

—¡Hola! Soy la vecina del cuarto, es que mañana me tengo que levantar pronto y no puedo dormir ¿Podrías bajar un poquito la música por favor? 

—Ooooh, siii, lo siento muchoooo. La bajo now, I’m sorry. Do you want a….a…. chupito! 

—No no, no hace falta, solo baja la música plis 

—Sí sí, sure! Buenas noches 

La chica cerró la puerta al instante. Mientras bajaba, Clara escuchaba la voz de chicle resonando por sobre todas. Cuando llegó a su habitación, la música estaba aún más alta, los cristales vibraban con mayor intensidad y el sonido ya no tenía resistencia, ya que algunos invitados salieron al balcón a fumar. Sobre la música se percibía algún insulto en inglés. Tras unos minutos de parálisis por la rabia, regresó a la cocina. Tenía un paquete de carne picada aún rosa y con trazas de sangre. La cocina daba a un patio interior desde el que tenía vista directa al piso de la rubia. El balcón seguía abierto, aunque los fumadores estaban dentro;  era un tiro fácil hacia abajo y ella tenía excelente puntería. La endeble barandilla del patio interior no era un obstáculo, menos aún desde arriba. Colocó un trozo de carne en papel de cocina y lo lanzó al balcón. “Con eso bastaría”, pensó y volvió a su habitación. Justo cuando su cabeza tocó la almohada, resonó un grito de terror, al que siguió un silencio sepulcral. Gracias a la ausencia de caos, la mente de Clara pudo dibujar perfectamente las facciones aterrorizadas de los “guiris” borrachos y drogados de maría, preguntándose si esa masa rojiza sería carne humana. El sonido paró de golpe y poco a poco, si afinabas el oído, podías escuchar pasos y un portazo final.

Con una sonrisa radiante de calma, dejó el cuchillo en la cocina y se lavó las manos, se colocó los audífonos y escuchó canciones relajantes hasta que sus pensamientos también se atontaron y quedó profundamente dormida.

Sabrina Feliz
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