Ágape

Todos los viernes por la noche recorría las calles con su Audi cargado de comida. Leche caliente y panecillos ofrecía a cada niño hambriento que se le acercaba. Le rompía el alma ver cómo muchos de ellos no tenían abrigo, mientras que otros sólo andaban descalzos. No sabía cómo lograban sobrevivir al crudo frío nocturno. 

«Llévame contigo, por favor», era la frase más recurrente que escuchaba y, aunque al inicio eso le pareció descabellado, con el tiempo comenzó a hacerlo en realidad. 

«Si nadie hace algo por los niños en situación de calle, entonces yo lo haré», repetía cada mañana al levantarse. 

Vivía en un lujoso pent-house de más de 500 metros cuadrados, por lo que el espacio no era problema para albergar a niños desvalidos. Tras cada salida caritativa, volvía a casa con dos o tres nuevos integrantes. Y, aunque los niños fueron descubriendo que la mujer era demasiado  estricta, seguían agradeciéndole cada día por haberlos rescatado y ofrecerles un techo. 

Una vez al mes la cena era en el salón principal y la mujer vestida sólo con lencería, obligaba a los niños a que la tocaran. Lo que para la mujer era placentero, para ellos resultaba perturbador. No lograban entender su actuar. 

Una noche la mujer dispuso de una mesa con instrumentos de tortura y los sentó a todos alrededor. 

«Todo aquel que no quiera tocarme, tendrá su merecido», sentenció mientras tomaba una sierra manual. Algunos de los más pequeños se orinaron encima al oírla. Ni rastros quedaban de aquella persona bondadosa que refugiaba niños para ayudarlos. La mujer llamó a Tomy, su preferido, y le pidió que comenzara a besarla. 

Tomy, muy asustado, comenzó a pasar sus labios por la boca de la mujer, mientras todo su cuerpo temblaba. «Hazlo con pasión», dijo enfadada. El niño terminó resistiéndose a sus pretensiones y la consecuencia fue severa: la mujer cortó y amputó el brazo derecho del menor sin preámbulo ni compasión. Recogió la extremidad mutilada y la pasó por la boca de todos los niños. «¡Coman! ¡Coman, malditos bastardos!» gritó llena de histeria. Los niños, con una mezcla de repudio y miedo, procedieron a lamer el brazo cortado y luego a mascarlo. 

La desesperación los invadió y devoraron el trozo de carne humana en un instante. Como pirañas se lanzaron sobre Tomy. Comenzaron a morderlo y a arrancarle trozos de piel. Los gritos del pequeño fueron apagándose tras cada nueva mordida. La mujer, perturbada por la escena que ella misma había gestado, se refugió de espalda contra una pared. Sus uñas intentaban enterrarse en el hormigón al tiempo que deseaba ser invisible.

Sin embargo, cruzó miradas con los niños quienes al darse cuenta de que seguía en la sala, corrieron en estampida hacia ella. Se colgaron de su cuello logrando voltearla. Lo que vino después, no fue más que órganos y huesos descubiertos.

estefania paez jimenez escritora poeta

Estefanía Páez Jiménez
@estefaniapaezj
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