Tú que creces en mi pecho
y extiendes por mi ser tus ramas y tus hojas,
dame la sombra fresca de tu follaje estrecho
y el fruto de tus besos que alborotan mis horas.
Con mis ramas más fuertes,
volveré más espeso mi monte para ser tu descanso,
y manaré de las voluptuosas y circulares líneas de mis caderas,
el agua que albergo después de tantas lluvias.
Tú que resistes el embate de los vientos,
entre los vaivenes de las lluvias y las nieves,
no dejes que se marchite la flor de nuestro trato
ni que se pierda el néctar de nuestras ilusiones.
Hoy seré roble macizo
como la fuerza de tus piernas,
y aunque estamos hechos de quiebres,
nos habrá rayo que nos parta ni astille la madera
como una lanza en medio del pecho.
Tú que floreces en primavera
y llenas de colores y aromas el ambiente,
haz que nuestra pasión sea siempre verdadera
y que no haya invierno que nos hiele la mente.
Dame el fuego de carne,
envuélveme en tus humanas pieles vaporosas,
que yo buscaré el abrigo ante este frío
del metal que ansía hacer mella en mi corteza rugosa.
Tú que enraízas en la tierra
y buscas con afán la savia y la sustancia,
no permitas que el yugo de la rutina nos aterra
ni que la indiferencia nos corte la fragancia.
Recorrerá la savia bravía por mis xilemas,
se estirarán las hojas hasta cubrir tu cuerpo
y mis raíces buscarán besar las puntas de tus pies
y de tus manos rudas.
Tú que elevas tu copa al cielo y aspiras a alcanzar
la luz y la grandeza,
haz que nuestro amor sea un constante anhelo
y que no haya sombra que nos quite la certeza.
Yo abriré mis ramas al azul
y me volveré morada de todas las aves
para que te acompañen por la noche,
y te despierten en las mañanas.
Este será un nido grande
para los dos.

Andrés Torres Acuña
@andy.acunha
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Óscar Quiroga
@quirogautor
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