«Uno de ellos profetizó, en la hora de su muerte,
que alguna vez llegaría mi redentor. Desde
entonces no me duele la soledad, porque sé
que vive mi redentor y al fin se levantará
sobre el polvo«
Jorge Luis Borges
Te escribo con la absoluta sinceridad y necesidad de decirte que hará algún tiempo ya desde que todas las noches son el símbolo de una misma noche, así como todos los metales tienen algo de Excálibur y todos los ponientes un rastro de guitarra para invocar el consuelo. Sé que en vano intento estos artificios de la lengua y que algunos decires bien pueden reducirse a un par de proposiciones fundamentales, pero no por ello va a dejar esta oscuridad de reunir a las estrellas sobre mí para pastar en su cielo. La eternidad, que no conoce de lo circunstancial, quizá me condenó a no poder decir más, o a no poder decir menos.
Te escribo, en definitiva, porque busco -como lo hago desde que hago uso de mi memoria- en los fondos de mi biblioteca alguna respuesta o justificación a los episodios que me persiguen, sin encontrarlos. Y después de esa jornada donde estuviste a mi lado como si un arcano ajeno al tiempo nos hubiera encadenado, recaí en mis libros al acecho de cosas que finjo no conocer. Navego así los cuentos, los poemas, los símbolos y los teoremas que me suscitan un nombre, y que tratan de responderme, pero que me descubren que ya no queda nada más que escuchar, igual que descubre el ciego que ahora perdió la bendición de los amaneceres.
Lo que sí escucho con estos ojos míos es que alguna vez se relató la historia de un ser perdido en los confines de una arquitectura infinita; y sé también que el tiempo no es esa cosa cerrada que la historia pretende vendernos, porque mil veces volvió Aquiles a Troya y otras mil leyó el Quijote la historia del Quijote. En un ciclo universal que todavía no comprendo -y donde con fervor y cansancio llego siempre a las mismas conclusiones- yo me siento hoy como esa desafortunada criatura que ayer y hoy narraron los griegos, mientras así de solo me desencuentro en este laberinto de paredes y sombra, que se parece a mi casa pero es distinto.
Miro ahora en los muros esta luz que se desangra, entre unas palabras que ceden al impulso casi profano de buscar este nombre que no les corresponde, y es una imagen –o la ausencia de ella- lo que lastima todo mi cuerpo; es la necesidad de una sombra a la que conjurarle los poemas que te invocan lo que habrá de mortificarme. Mientras tanto, entre estos pasillos de silencio y literatura, soy Asterión; habito el laberinto. Lo camino y lo construyo pisada a pisada, convirtiéndome lentamente en mitología y en nada.
Porque todo lo que te profeso es un querer secreto, escondido, que me hace dormir esperando la mañana y desear ansioso la posibilidad de tu encuentro bien consciente de que la simple combinatoria de las letras de alguna palabra alcanza para iluminar este callado pasadizo de quietud que entre paredes se levanta.
Pero al final es inútil que yo practique estas líneas esforzadas. Por más que haga de los árboles una metáfora de la vida y la muerte, por más que convierta al hornero en una copia barata del ruiseñor inmortal y por más libros que devoren mi hambre, estoy solo. Yo soy la criatura y el profeta que con la retórica quiere predecir al redentor; el profeta que inventa buscando la propia redención y que teme destruirte con palabras que no te merecen; mientras todo esto es otra caprichosa manera de decir que soy el escritor, que te quiere, circularmente, sin importar lo que no alcanzo a decirte.
Atentamente:
Eneas Mazurek,
en algún lugar, y en algún año.

Alejandro Kosak
La biblioteca de arena
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