Créeme que no quisieras.
No niña, no quisieras.
Que repentinamente,
vuelto úrsido glacial,
ya no te hable ni te sienta.
Y nuestros besos tibios,
¿Qué sería de ellos?
Quizá apagados huyan
sobre la aurora boreal.
Y yo grande, blanco,
vigoroso y mudo,
Mi rugir no te trona.
O no te alcanza.
Tal vez ya no exista,
tal vez derrotado,
en este duelo conmigo,
de núcleo helado.
De este eterno letargo
despertaré algún día,
esperando volver a verte.


Deja un comentario