I
En su búsqueda por el lugar perfecto para vivir en armonía había llegado a Gigápolis, la ciudad más gigantesca que había en medio de todos los valles andinos, misma que no tenía otro acceso más que en medios motorizados de tan lejos que quedaba de todo, y no se llamaba así por estas singularidades, sino porque se ubicaba justo en el altiplano de La giganta dormida; esto era fácil de explicar y ahorraba el tiempo de creación de una leyenda o un hecho histórico improbable que diera origen al nombre y, a la vez, sirviera de atracción turística. «Nadie come del turismo: el tiempo es oro, y si hoy no vendes algo, no comes; allá los provincianos con sus costumbres extrañas», pensaban los gigapolitanos. Así era, los provincianos eran mal vistos, demasiado flojos y quejumbrosos como para soportarlos, o incluso ayudarles.
Urbano venía de Al pie de la letra, un pueblo remoto en un valle andino que no tenía otro acceso más que a pie, escapando del destino que lo había perseguido toda la vida; esperaba que al llegar a la gigantesca ciudad, pudiera perderlo para siempre y no lo volviera a encontrar. Además, él siempre había tenido la mirada puesta en la urbe: su nombre se lo indicaba a cada segundo; tal vez por eso siempre se sintió como un extranjero en su propio pueblo, aquel en el que los foráneos se asombran y se parten de la risa cuando descubren que los alpielíteros «toman todas las cosas al pie de la letra». Jamás entendió esa expresión: nunca supo que las letras tuvieran pies, y mucho menos les encontró pies a las cosas. Los turistas son un trasto.
Lo que Urbano desconocía era que su nombre no auguraba su futuro, sino que declaraba su pasado: su madre, buena mujer sociable y generosa, alguna vez preparó tremenda comilona para un visitante, a lo que este, agradecido, y antes de empezar a devorar como pelón de hospicio, dijo: «Bueno, a lo hecho, pecho». La mujer, según entendió, ni tarda ni perezosa, abrió de par en par su blusa, dejando a la vista sus voluptuosos atributos. El extranjero se olvidó de las viandas y tomó la invitación al pie de la letra… Nueve meses después, ella decidió poner al crío chillón un nombre que siempre le recordara aquella tarde de placeres gastrosexuales.
La caminata de Urbano fue larga pero, sobre todo, dolorosísima. Aún recordaba el consejo que le dio un tal Sempiterno: «ándate con pies de plomo en el camino pa’ que no termines con los pies por delante». Y pues eso de caminar con el cuerpo echado hacia adelante y con zapatos tan pesados, reventaba a cualquiera. Su alivio llegó forrado de camión con la excelente buena nueva de que, a partir de ahí, de harina y huevo, ya no se podía seguir a golpe de calcetín. Encantado subió su pesada maleta y se desentendió de ella hasta llegar a Gigápolis.
Apenas se apeó, Urbano ya se sentía en su mera salsa: estaba más feliz que perro con dos colas. La emoción no le cabía en el pecho… ¡Tenía que compartirla con alguien o iba a reventar!
A la primer chica que se le cruzó por delante, la abrazó como un niño a su juguete nuevo. Antes de que ella pudiera reaccionar o incomodarse, la soltó y comenzó a platicarle su viaje, el porqué de la travesía y un aluvión de detalles sobre Al pie de la letra. Nunca supo cómo fue que terminó en aquel cafetín de la ciudad, hablando con una bellísima chica llamada Rurana sobre las ocurrencias y desventuras de los alpielíteros, esos extraños personajes que viven en un pueblo remoto en un valle andino que no tenía otro acceso más que a pie.
II
Rurana, que solo escuchaba con extrañeza y simpatía, al poco tiempo despertó un amor profundo y misterioso por Al pie de la letra. ¿Dónde está?, ¿cómo llegar?, ¿por qué nunca había oído de tal lugar?, indagaba con sumo entusiasmo. Y Urbano no se quedaba atrás, desbordaba adrenalina y no omitía ningún detalle. Al cabo de unas cuantas cortas preguntas y largas respuestas, quedó decidido: Rurana iría lo más pronto posible a Al pie de la letra, y Urbano, por otro lado, se las buscaría en Gigápolis.
Ambos acordaron prepararse uno al otro para lo mejor y lo peor posible, intercambiaron recomendaciones y después de unos días se despidieron con la esperanza de reencontrarse.
Rurana, cansada de «la caótica ciudad que se embarra en un pantano de diferencias innecesarias, constantes conflictos y malos entendidos», siguiendo las pautas de Urbano, empacó lo necesario en una mochila, tomó un taxi, un avión, un ómnibus, un helicóptero y una tremenda taza de café para la caminata final de cinco horas; hasta por fin llegar a Al pie de la letra, donde le esperaba una nueva vida, libre de malinterpretaciones.
Al entrar al pueblo no encontró a nadie, siguió caminando sutilmente hasta escuchar algún bullicio que venía de la plaza, parecía haber una feria de comidas y bebidas a la que los alpielíteros acudían llenos de hambre. El lugar no era tan grande, pero cien personas eran más que suficientes para abarrotarlo. Fue ahí cuando comenzó a golpear la sed y el hambre en su estómago que ya suplicaba atención.
Se acercó a un puesto de comida llamado «Comidas y bebidas», era justo lo que necesitaba, no había mucha gente ahí, mucho mejor, podría sentarse y comer tranquila. Preguntó por algo salado, no había, todo estaba «preparado con la perfecta cantidad de sal». Preguntó por algo refrescante, le sirvieron un balde lleno de agua. Preguntó por algo rico y barato, y no supieron qué darle porque «tal disparate no existe». Entonces se cansó de preguntar y, resignada, solo pidió que le sirvan lo que les plazca, y le trajeron un guiso encebollado con ajo, culantro y papa amarilla; por suerte ya no se atrevió a preguntar cómo se llamaba.
Tomó el plato servido y se sentó en un banco que le pasaron. Mientras comía, a pesar del festín y alegría del resto, comenzó a sentirse un tanto abrumada por la dificultad que tenía al comunicarse, no pensó que sería imposible acostumbrarse, pero sí que sería un reto. Terminó de comer, pagó en efectivo la cantidad exacta y fue a buscar un hospedaje. Cayó dormida. Tal vez por la mañana recupere las ganas de continuar.
Urbano le había recomendado hablar con los alpielíteros solo cuando sea sumamente necesario, pero la soledad es enemiga y, a primeras horas de la mañana, salió del cuarto lista para conocer más gente y, de ser posible, encontrar un trabajo. Habló con un arriero, una pastora, un albañil, una leñadora, un profesor, con quien sea que encontraba, pero no pasaba de la segunda pregunta para que comenzaran las malinterpretaciones: ¿Cómo que no vive aquí? ¿Entonces está muerta? ¿Por qué se llama? Los demás tienen que llamarle a usted, no usted a sí misma. ¿Por qué nunca sabe qué es lo que quería decir? Eran algunas de las (in)coherencias que aparecían de pronto en sus conversaciones, ninguna era normal.
No faltaron las horas en que extrañaría a Urbano, imaginaba que él estaría en las mismas, aunque al revés de los reveses, o tal vez él tenga menos problemas, pues al hablar con Rurana no demostró tanta dificultad de comprensión, ¿o quizá ella malinterpretó todo lo que Urbano le contó sobre Al pie de la letra? ¿Cómo saberlo?

Pablo Alejos Flores
@pabloalejosflo
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Alex Arana
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