Solía verla al alba, bajo un manto azul que resaltaba su hermosura cándida, respiraba a cuatro tiempos y apenas se movía en la nueva cama que le dieron. La observaba por horas, sentado en una silla incómoda al lado, de rato en rato me ponía de pie para estirar el cuerpo y aliviar mis pensamientos; parecía tranquilo, pero siempre hay algo que nos desencaja, y esa vez era no saber cómo despedirme. Cuando despertó, por fin pudo leer mi adiós en una urna con mi nombre.

Pablo Alejos Flores
@pabloalejosflo
Leer sus escritos


Replica a Anónimo Cancelar la respuesta