El abrecartas

Y los años pasan, inútiles
Jorge Luis Borges, 1930

Los ojos se miran en el horizonte, señal de que se estaban buscando. Dos hombres no demoran en cortar la distancia y, lentamente, mientras el sol de la tarde intenta esconderse en la noche, entendemos que está por ocurrir algo inevitable y fatal. Las espadas lo presienten también, y se animan; alcanzan las manos y entonces los metales, que no son vírgenes, una vez más saborean su temple. Lo que viene después es el hecho predecible, casi circular, porque ni ayer ni hoy sabe la gente que somos todos lo mismo. 

Es cuando la sangre se libera que un suspiro lento y oxidado retumba los cajones, haciéndose eco de esa violencia. Pauso la película; lo busco. Es el abrecartas, sereno, que duerme profundo su sueño de postales y de barro. Mi abuela me lo regaló hace unos años como una consecuencia notoria de su cariño, y ya para ese momento descansaba alejado de las cosas que había conocido alguna vez. Sé que no tiene a su nombre otra mitología que la de ser un regalo familiar, porque no lo forjaron noblemente de otro metal que no sea la chapa y no lo blandió otra persona que no fuese una directora de escuela perdida en medio de la selva.

El abrecartas –entiendo– añora la suerte de otra empuñadura. Sus mayores, que son el facón y el sable, fueron tramados con el fiel propósito de asesinar o guerrear. La insigne espada, incluso, fue pulida en versos sobrevivientes del olvido. Para él quedaron las tardes en compañía del papel y la tinta, la incertidumbre del puma o el calor de las bienvenidas. En el fondo, pese a todo, no es sino el fervor de la carne lo único que quiere, y ahora sólo duerme.

Pobre abrecartas. Siento que si lo toco y lo sostengo podría cometer la ofensa de despertarlo y falsamente ilusionarlo con viejas promesas de viejas cartas de amores o rencores, así que lo dejo dormir y vivir en sus ficciones de memoria. Él no sabe que está por fuera del tiempo y que sueña los sueños de aquellos que lo blandieron, de aquellos que no lo hicieron y de los que vamos poco a poco hacia la escoria en la que espera.

Alejandro Kosak
La biblioteca de arena
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