Aquella larga cabellera, herencia de los más bravos vikingos, no la llegué a ver sino en fotos, pero me enamoró a ciencia cierta. El tiempo corrompía la negrura de las ondas; tanto más interesante así. Y esos ojos azules, tan oscuros, ¿cuántos secretos habría encontrado al perderme en ellos? De seguro los descifraría todos con la paciencia de un viejo artesano y las ansias de un mar en tormenta que se tropezó con el barco de tus ancestros.
Te habría contado tantas historias de mi pasado, me habría refugiado con placer en tu pecho de hombre sabio. Te habría hablado de esos libros, los que han pasado por mis manos de niña dormida e, incluso, los que nunca llegaré a leer. Causaste tal impresión, aunque quizá todo estuvo en mi ansiosa mente creativa. Pero la realidad es que esa impresión se quedó con hambre de afirmar o negar y yo, no diré triste, sino inconforme, me quedé con ganas de besos y caricias perdidas en una realidad alternativa.
Me enseñaste en tan corto período a ver esa cierta belleza, ya intuida de antemano, de mi propio nombre, binomio impronunciable para un otrora yo. Supiste hacerme despertar en mujer interesada por unos ojos claros, entrenados por la evolución más biológica para ver la urgencia de mis deseos en noches sin luna. Te me perdiste casi sin yo saberlo. Te me escurriste entre unas piernas temblorosas. Te quedaste con mi letra, mi poesía y un trocito de mi caprichoso estómago que se llenó de resucitadas mariposas ilusionadas. Te quedaste la esperanza de un nuevo amor certero que me llevara al cielo y susurrara los nombres de pequeños filósofos desconocidos.
—¡Con lo que me gustan las negras!
Y a mí, tus tildes, tu sentido común —tan escaso hoy—, tus complejos chistes sin gracia, tus juegos indescifrables, tus correcciones, tus opiniones de hombre maduro con años de lecturas a la espalda. Eres un eco acorralado en algún pasillo sin salida de mi mente. Pudimos haber sido dos políglotas perdidos entre las páginas de un Dios existe, que te habría leído en voz baja, casi un susurro, al compartir la cama, el sofá, el café.
No lo creo todavía. Tu impresión perdura en mí. ¿Qué me hiciste, brujo vikingo? No quería negociar, ni siquiera habría osado regatear. Solo pedía retomar algo que quedó pendiente. Me quedé con sed de escribir todo un capítulo, o dos, o la novela completa. Ojalá la vida nos ponga de frente un día…
Anotaré esta inacabada historia, porque Dios existe, solo para un “ti” que no ha llevado jamás acento diacrítico.

Dany Perag
@danypera2707
Leer sus escritos


Deja un comentario