Afuera de mi ventana, hierven, revolotean, rebobinan, garabatean, escupen, danzan, vuelan, grajolotean, jijoalbergean, mantequetacotean, osicalan, aojolotelontean, tompiatudos los pájaros. Yo los veo sin pluma en mi regazo, pero bien que los escucho y así me doy cuenta del poema que se cantan. Sin irme por la tangente os confieso que tal canción me hizo perder el rumbo y la cabeza. Aunque esta última creo haberla dejado atrás hace mucho tiempo. Ahora me siento liviano, y no por no haber desayunado, tenedlo en cuenta, me siento liviano y me salen alas. De mi ventana vocifero junto con ellos, con el pico bien picudo, porque supongo que así han de sentirse los picosos. Y que vuelo y que me elevo y que ya no puedo bajar y que fium fiam ¡zium! bailoteo y garabateo y jujijaleo y vitupero y… y… ¡No! De este sueño no me despiertan. Si he de soñarlo con los ojos abiertos, caminando gallardo a la tienda de la esquina, manoseando la moneda de diez pesos y haciendo el amor… ¡Dejadme! ¡Dejadme! Que yo ajoloteloteo, jijoalbergo, fiufiasceo, aleteo, mantecatoteo y desmorono suavecitas nubes y mucho más, ¡ah! con tanto gozo.
Pero no os detengáis. Haced lo que tengáis que hacer. Sí, así, sin premura, hacedlo, pero ahoritita, que del otro lado ya lo huelo. Escucho su zapatear, el vibrazo gordo de algún electrodoméstico de antaño… La escucho a ella y a los jardineros hablando. Él de pronto interviene y su algarabía la acompañan tres tazas de café. Le entregan la suya al jardinero y lo despiden con un plato de huevos con frijol. El serrano al lado. Sé muy bien que ya es tarde, que anoche vi demasiadas películas, releí sin necesidad, soñé soñar sus ronquidos rasposos y agrios. Sus ronquidos tiernos. ¡Aguardad! ¡No! ¡Dejadme un rato más! Afuera de la recamara me esperan, así que dejadme seguir soñando, soñándolos. ¡De esta nube no me bajan! ¡Que no, chingado! Se me enfría el café, se me enfrían los huevos, se me enfrían los recuerdos. Dejadme, alguien habla, alguien me busca. Dejadme. Sí, ya la escucho, ahora voy, ahora voy. Las pestañas se me han pegado, sellado, les han puesto un candado. No te puedo ver. No quiero. No quiero ver nada. Afuera hay demasiada luz, demasiada. No soy más que el brillo en su voz. No soy más que sábanas. Una cabeza sobre cuatro almohadas. Ya viene. No te puedo ver. No puedo verla. ¡Dejadme! ¿Y él? Estará preparando de una vez el caldo para la tarde. Todavía me queda tiempo para verlo. Si sigo durmiendo, me queda aún más. Quiero quedarme para tomar el caldo de la tarde. ¡Shhh! Me hablan. Es ella:
—¿Tesoro?
—No quiero, abuelita. Un ratito más.
—Buenos días, tesoro.
—No quiero, estoy volando.
—¿Y a dónde vas volando?
—A donde vuela el tiempo.
—¿El tiempo?
—Es que siempre me decías que el tiempo se va volando.
—¿Y para qué quieres seguir el vuelo del tiempo?
—Para ver a dónde te llevó. Es que te extraño.
—Tesoro mío, no me fui a ningún lado, ¿acaso no ves que estoy contigo? El abuelo va a ir al super, dice que si lo quieres acompañar.
—Pero no he desayunado.
—Yo tampoco, te estoy esperando. Vente, para que desayunemos juntos.
—¿Qué hay de desayunar?
—Hay huevos con sopitas, papaya, hot queis, corn fleis, chilaquiles… El abuelo te hizo un buffet con tooodo lo que te gusta. Vente, vamos antes de que se te enfríe.
—Está bien, ahorita voy.
Me froto los ojos mientras ando en camisón con sus grandes chanclas puestas. Reconozco el olor a aquella cocina de mármol. Huele a sillón polvoso, a tomatillo y a cebolla asada. Me froto los ojos, pero las pestañas no me dejan verlo. Está parado junto a la estufa. No lo veo, pero lo sé. Menea con una paleta de madera los frijoles con queso, quizás la salsa. Ahí está, si aprieto los ojos lo suficientemente fuerte hasta me sonríe. Ella me lleva de la mano, luego me acaricia la espalda. Cuánto cariño en unos dedos tan finos. Ya lo veo, lleva sombrero. Por supuesto que es él.
—¡Buenos días, mijo querido!
—Corro a abrazarlo y… y… ¡Que no, he dicho!

Paris Ramírez Acosta
@paris_ramirez_ac
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