Se encuentran como siempre, a las 6:17. Afuera de la oficina, la tarde flota en vapores rojizos, y la última exhalación del día parece desdibujar los contornos de la ciudad.
Caminan por la 10. Faby va fumando (observa cómo gira su cabeza y tuerce los labios para que el humo no te alcance). Le preguntas si no había dejado ya de fumar, pero ella solo ríe un poco y te dice,
—… Ni pienso hacerlo.
Llegan a la Avenida Las Vegas y te despides en el lugar habitual, pero ella apaga el cigarrillo contra la acera y te dice que hoy se va contigo en el bus.
—¿El Circular pasa por Campos de Paz, cierto?
Le dices que sí, pero no preguntas nada. Poco después, el Circular Sur se detiene frente a ustedes con su bramido de animal cansado, y se suben. Contra todo pronóstico, hay una banca vacía al fondo, en plena hora pico.
Normalmente cuando sales de la oficina, solo quieres ir escuchando tu música y desentenderte del mundo, pero realmente disfrutas de la compañía de Faby. Así que se van conversando: tú le cuentas la última de tu jefe misógino y ella se queja de que no le pagan lo suficiente.
Ahora Faby te está contando una historia de cuando trabajaba con un banco en Caracas y, mientras la escuchas, tu mirada vuela distraídamente hasta posarse sobre las agarraderas de plástico que cuelgan sobre ustedes.
Te detienes en las manos que se aferran a ellas y en los cuerpos que se zarandean ante cada súbito frenazo. Con cada sacudida, tu atención se agudiza, y casi puedes percibir una sutil línea en los contornos de todas las cosas. Poco a poco, intuyes algo oculto en el vaivén de las manos; una realidad brutal y secreta que te habla desde otro lugar.
—¿Lu?
Faby se te queda mirando con la cabeza inclinada; espera una respuesta, una sonrisa, una opinión, o quién sabe qué. Pero tú no reaccionas de inmediato (de hecho, casi te sientes como si fueras en cámara lenta). Te vuelves hacia ella, y es como si la vieras por primera vez.
Observas con cuidado sus ojos oscuros, sus pómulos marcados, su sonrisa (recién te das cuenta de que tiene unos dientes perfectos), las hebras negras que caen en diagonal sobre su frente. Y allí, bajo su pelo, la marca violeta que atraviesa su cuello.
—¿…Faby?— murmuras, acaso tanteando una realidad improbable.
La sonrisa de Faby se desdibuja, pero no del todo. Ahora te devuelve una mirada serena, como sabiendo. En este instante, te parece como si cayera un telón, y ambas vieran tras bambalinas de un gigantesco teatro. Sin embargo, la gente a su alrededor sigue ahí, sube, baja, se apretuja; el bus sigue avanzando con su andar torpe de bestia.
Faby baja un poco la cabeza y, después de un breve silencio, pregunta sin mirarte:
—¿Qué quieres saber, mi Lu?
Te quedas observándola. Sí, realmente es ella. Están ahí, una junto a la otra, dos amigas en el Circular Sur, una tarde de octubre de 2015. Sientes el barandal metálico bajo tu mano, el aire cargado de humedad, el reggaetón que suena en la radio mezclado con diálogos indistintos y los rugidos de Medellín.
Una ola de lava te sube desde el estómago. Tienes ganas de vomitar, la cara se te pone caliente y se te nublan los ojos; pero cierras los párpados y respiras muy, muy profundo.
Ya. ¿No te parece que deberías decir algo? Dale, llena el silencio con lo más estúpido que se te ocurra.
—¿… Te… dolió mucho?
Pero Faby no desdeña tu pregunta, de hecho, parece gustarle. Tal vez le sorprenda que a alguien le importe su dolor. Mira por la ventana como contemplando un recuerdo lejano y, después de pensarlo un poco, se vuelve hacia ti y te dice:
—No… no es dolor. Es terror, mi Lu. Llega un punto de no retorno, sabes, y es como que todo tu cuerpo lucha… pero tú sabes que ya no hay vuelta atrás. Y para uno, todo eso pasa súper lento… Lo único que quieres es que se acabe rápido.
“Que se acabe” piensas, y vuelves a ver su cuerpo suspendido, como el péndulo de un reloj que se ha roto para siempre. Del fuego pasas al agua, un caudal bravío que tu piel no alcanza a contener, y lanzas un quejido ahogado que termina en un llanto deforme y escandaloso. La gente del bus te lanza algunas miradas entrometidas que normalmente te sacarían de quicio, pero, hoy, no te importan.
Lloras. Quieres decirle que te duele su soledad, no haber sido la amiga que necesitaba, no haberle mostrado cuánto te importaba. Que imaginaste mil veces entrar a ese baño y salvarla, antes de que no hubiera vuelta atrás. Pero el llanto no te deja articular palabra.
Faby te abraza, cálida como siempre.
—Yo sé, mi Lui bella, yo sé. No es culpa tuya… no es culpa de nadie.
Instantes después, se acuerda de que tiene unos Kleenex en el bolso y busca uno para que te limpies. Te calmas un poco, enjugas tus lágrimas y te suenas la nariz. Permanecen un tiempo en silencio, una junto a la otra. Una señora te golpea sin querer con una bolsa llena de flores, te recuerda que sigues en el bus. Cuando te terminas de tranquilizar, te animas a preguntar:
—¿Qué estamos haciendo aquí, mi Faby? ¿Qué es esto, un sueño, un recuerdo? ¿… Una premonición?
—Es real, mi Lu. Todo es real. ¿Ves? No me comí el arroz.
Entonces señala frente a ella, y ves una mesa sobre la que hay un plato gris con tres bultitos de arroz. Están en ese restaurante de sushi que les gusta, ella pidió nigiris pero solo se comió el salmón, porque está a dieta. Tienes una copa de vino rosado en tu mano, tan tangible como el barandal metálico del bus. Faby y Susy se están riendo a carcajadas, no sabes exactamente por qué, pero a ti también te entran unas ganas irresistibles de reír.
Sí, sí, no te aguantes, ríete. Ríe como si no hubiera un mañana, como si el mundo y sus acontecimientos no fueran sino un gran chiste.
Entonces te ríes hasta que te duelen la cara y el estómago, tanto, que te olvidas de todo lo demás; y te parece que esto, aquí mismo, es la felicidad.
Eso, toma un poco de aire. Masajéate las mejillas, bebe un sorbo de vino.
Baja la copa, ahora estás en la casa de Faby. Mira, aquí están Susy, la familia de Faby y sus amigos que vinieron de Venezuela; acaban de brindar por su cumpleaños número 35.
Su mamá se acerca a ti y te ofrece una rebanada de torta y una de quesillo. Tú estás llena de comida hasta la cabeza pero las aceptas igual, porque Doña Vivian cocina como los dioses y tú no quieres desperdiciar.
Cierra los ojos, disfruta la textura suave del quesillo deslizarse por tu garganta.
—Es real…— dices, aún con los ojos cerrados. Los abres y ves a Faby sentada junto a ti en el bus, que frena con un chirrido.
—Todo…— dice ella, levantando el vino para que no se riegue con el frenazo. —Real como nosotras. Como esta copa, como el bus, como la gente que nos mira aquí y en cualquier lugar. Real como la marca en tu cuello, mi Lu.
Te parece que no escuchaste bien, ¿qué dijo? Pero si tú nunca…
Levantas la ceja en un gesto que pretende ser de ironía e interrogación. Pero te llevas la mano al cuello y ahí está: un collar tatuado, hecho de soledad y terror. El bus pega otro fuerte frenazo, y esta vez sientes como si te golpearas de cuerpo entero contra la tierra.
—¡Cementerio Campos de Paz!— Grita el chofer desde el otro lado del bus.
Faby se bebe de un trago lo que le queda de vino, se cuelga el bolso al hombro, y te hace un gesto con la cabeza para que te levantes.
—Aquí nos bajamos, mi Lu.

Paula Obeso
tallerdehistorias
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