Nos agredimos con la fuerza del odio acumulado, transados en una orgía bélica hasta que la detonación interrumpió la danza macabra y el sonido de las sirenas me hizo entrar en pánico. Caí sobre mis manos temblorosas aferrando aún el cuchillo y sintiendo que mi vida se esparcía por el suelo como la sangre de los cuerpos inermes de un padrastro abusador y de mi madre golpeada.



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