Hay tanto del fuego en vos.
Beso, chispa, color, carne, temperatura.
Te miro y observo la llama;
y veo dos cosas prácticamente hermanadas.
Como si aquella anaconda amarilla,
que reposa alerta en una madriguera
nos hubiese ceñido entre ardor, escama y humo.
Hay mucho del fuego en vos.
El abrazo, tu pelo, los ojos como volcanes.
El Overo y el Maipo.
Tus pies que flamean, dejan en el camino
tanto monte ardiendo y tanto pecho incinerado.
Cuando el atardecer último nos vio juntos,
brillabas demasiado.


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