El padre de Tito esperó una intervención eterna en la sala de espera. El tumor de su esposa era terrible. No hubo caso.
Cuando ya eran las seis y media de la mañana y no podía más de desconsuelo, se acordó de Tito, que había quedado solo. Se apuró a volver para vestirlo, darle el desayuno a las apuradas y llevarlo al colegio. Le pidió a un amigo que lo buscase a la salida, le diese de comer y lo tuviese en su casa hasta el otro día. Siempre intentando mantener la normalidad, tuvo que aceptar la realidad: solo con Tito.
El domingo de mañana, Tito fue a darle un beso a su papá, como siempre. Lo vio con la pipa en los labios, después de años sin fumar. Le escuchó un mensaje inentendible, no se imaginaba que no volvería a ver a su mamá. Tito preguntaba y el papá contestaba de forma cada vez más vacía y sin sentido; se tragaba su propio dolor y confusión.

Fabio Descalzi
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