Se mesó la cabellera al viento, oteando el horizonte. Dos cisnes blancos aleteaban, albas alabanzas anidaban, secuencias danzaban. Las aguas del estanque, lúcido espejo prolijo, vibraban con ondas geométricas. El rojizo follaje rugiente que rodeaba al palacio de piedra la increpaba con capricho. Pero aspiró el delicioso tufillo resinoso para calmar las ansias de ingresar al soberbio recinto. Se pasó los suaves dedos por los sedosos rizos; la inminente llamada se aproximaba. Apenas un conserje; el príncipe había quedado en el lejano sur, sumido para siempre entre las ominosas aves negras.

Fabio Descalzi
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