Sigilo húmedo sobre la sien
cae
en la fuga sutil de tu omóplato,
nácar herido en la gramática de la noche
se desliza
como un verbo aún sin boca,
como un verso sin poesía,
como un beso sin labios ni mejilla.
Espejean las sílabas en tu torso,
raíces caligráficas temblando
en la piel cenicienta del relámpago,
fósiles de un tacto que insiste
en descifrarnos.
Engranajes silábicos
se rompen en la roca del acantilado.
Nómada, el alfabeto de tu espina
se curva,
centinela de un eco
que a tientas me pronuncia,
que mudo me grita,
que silente me expande en la lengua
del aire.
Y es ahí, en la hendija del aire,
donde la voz derretida se quiebra,
un hilo de luz bordeando labios temblorosos,
péndulo tibio en la lengua del alba,
en la lengua del verdugo y su hacha.
Aún persisten los signos en la dermis,
sólo al tacto perceptibles;
uñas afiladas adictas a escarbar
graban en su tránsito
la sombra de un nombre
que nunca aprendimos a callar.

María Peralta
mariaperalta.net
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