Mal azul

Zoom vino a joder o a salvar, depende de cómo lo mires. Le echo la culpa y le doy las gracias a lo virtual, porque por ello me enteré “demasiado” tarde y, al mismo tiempo, tal vez eso me permitió seguir siendo yo en este momento, al menos un yo fofo, negro, cansado, pero cuerdo. Creo que lo sigo siendo. Tal vez me he vuelto loca o lo haré y eso será peor enfermedad que el que me encierra otra vez entre cuatro paredes en que apenas caben mis pensamientos, la cama, la ropa y el hastío.

Cuando acabó la clase y cerré la sesión de zoom, ninguna sirena, explosión u olor a humo me indicaron que no debía salir, lo hizo la mano de mi hermana, sosteniéndome de la muñeca cuando me iba al supermercado. Nuestra compañera de apartamento se había ido con el novio ese fin de semana, ambas nos habíamos quedado en casa ese día encerradas en la habitación sin siquiera saber lo que ocurría; ella se enteró antes y consiguió alertarme justo a tiempo, llevándome al salón y encendiendo la tele. Una periodista vestida en un traje sanitario y a la que no se veía nada aparecía en primer plano y, a su espalda, una criatura azulada, anfibioide, que chocaba su cuerpo contra los muros de una caja de cristal. La mujer explicaba como este “monstruo”, hace unas horas era un señor normal que había acudido a los servicios sanitarios por unas ronchas similares a la viruela del mono. Lo enviaron a casa, pero horas después llamaba su esposa alertando de la transformación kafkiana de su marido. Los servicios sanitarios lo encerraron en esa caja-casa que nosotras estábamos viendo. Su mujer explicó a los doctores cómo las ronchas reventaron tiñendo su piel de azul y, al día siguiente, despertó encontrando en su cama a esa criatura que parecía un tritón gigante. Solo supo que era él por la alianza que llevaba en una de las patas. 

El estado, alarmado y ya entrenado por el covid, pidió a la población encerrarse en casa hasta conocer la naturaleza del virus; todos temían que fuese una nueva variante. Ello no quitaba la rabia que seguro sentimos todos. Incluso el pedir un glovo se volvía amenazante. Decidimos ni abrir las ventanas esa noche. Rodeadas del olor a barritas de merluza y pulpo a la brasa, nos sentamos a comer viendo el directo en la tele, con la esperanza de que en algún momento nos dijeran que todo había sido una “Guerra de los mundos” 2.0. A mí no me lo parecía por la cara del que fue aquel hombre: su cara me recordaba a las negras que usaron los primeros ginecólogos, la cara de quien sabe que ha perdido su humanidad y que, en su ignorancia, la daba por sentado. Los ojos acuosos se pegaban al cristal, ponía la pata en la garganta, incapaz de hablar. Cuando los médicos entraban a sacarle sangre, siempre acompañados de policías con rifles, le daban agua que la criatura bebía sedienta. 

Los casos se fueron reproduciendo con el paso de los días. Primero, llevaron a su mujer e hijo pequeño a la jaula de cristal. Las cámaras no perdían ni un instante, ni siquiera cuando el niño se hizo pipí por el miedo y el monstruo, con expresión desesperada, se acercó a lamer las lágrimas y orina del niño. Las sugerencias alocadas de la gente dieron a entender que tal vez necesitara agua como los peces. Para evitar ser acusados de crímenes humanitarios si morían la mujer e hijo, decidieron dejar que la criatura sufriera, aunque siempre arrojándole baldes con agua varias veces al día, aprovechando la rendija de ventilación. Eso dejó de ser un problema cuando a los demás miembros de la familia le salieron ronchas y aletas. Se terminó llenando la caja de agua; la expresión de tristeza aún era evidente en las criaturas, aunque aprovechaban los tandas para comer de los reporteros y así jugar un poco. Esos instantes recordaban que eran humanos, salvo esa gracia animal e inocente con que danzaban en el agua. Fueron perdiendo la vergüenza y las cámaras fueron dejando de filmar diariamente su nueva casa. Ayudó que todos los nuevos contagiados fuesen enviados a una caja aparte. Eventualmente, todos menos la familia fueron trasladados al acuario, al ver que tan solo necesitaban agua y algunos percebes para sobrevivir. 

Nosotros seguimos encerrados. Volvemos a las videollamadas diarias, el zoom y aplausos a los biólogos marinos que cuidan de las criaturas. También aplaudimos por los científicos que encontraron una vacuna. Ya que aún nadie sabe cómo se transmite, nos citan por zoom y nos envían la vacuna con instrucciones para que sea un heal-yourself. Espero que nos toque pronto, llevamos ya tres semanas acá y ya me estoy cansando de desinfectar hasta las bolsas del glovo (sip, nos rendimos, o habríamos terminado devorándonos la una a la otra). Por suerte o por desgracia, depende, este virus es incurable si lo coges. La prensa lo anunció ayer, mientras insistía en que la vacunación era obligatoria y explicaba el proceso de coger cita. Realmente no me extrañó que, al día siguiente, la prensa anunciara el escape de todas las criaturas, con la evidente hipótesis de que habían escapado al mar, como lo indicaban las huellas palmípedas que decoraron esa mañana el camino de cemento hasta la playa. Zoom vino a joder o a salvar, depende de cómo lo mires. Le echo la culpa y le doy las gracias a lo virtual, porque por ello me enteré “demasiado” tarde y, al mismo tiempo, tal vez eso me permitió seguir siendo yo en este momento, al menos un yo fofo, negro, cansado, pero cuerdo. Creo que lo sigo siendo. Tal vez me he vuelto loca o lo haré y eso será peor enfermedad que el que me encierra otra vez entre cuatro paredes en que apenas caben mis pensamientos, la cama, la ropa y el hastío.

Cuando acabó la clase y cerré la sesión de zoom, ninguna sirena, explosión u olor a humo me indicaron que no debía salir, lo hizo la mano de mi hermana, sosteniéndome de la muñeca cuando me iba al supermercado. Nuestra compañera de apartamento se había ido con el novio ese fin de semana, ambas nos habíamos quedado en casa ese día encerradas en la habitación sin siquiera saber lo que ocurría; ella se enteró antes y consiguió alertarme justo a tiempo, llevándome al salón y encendiendo la tele. Una periodista vestida en un traje sanitario y a la que no se veía nada aparecía en primer plano y, a su espalda, una criatura azulada, anfibioide, que chocaba su cuerpo contra los muros de una caja de cristal. La mujer explicaba como este “monstruo”, hace unas horas era un señor normal que había acudido a los servicios sanitarios por unas ronchas similares a la viruela del mono. Lo enviaron a casa, pero horas después llamaba su esposa alertando de la transformación kafkiana de su marido. Los servicios sanitarios lo encerraron en esa caja-casa que nosotras estábamos viendo. Su mujer explicó a los doctores cómo las ronchas reventaron tiñendo su piel de azul y, al día siguiente, despertó encontrando en su cama a esa criatura que parecía un tritón gigante. Solo supo que era él por la alianza que llevaba en una de las patas. 

El estado, alarmado y ya entrenado por el covid, pidió a la población encerrarse en casa hasta conocer la naturaleza del virus; todos temían que fuese una nueva variante. Ello no quitaba la rabia que seguro sentimos todos. Incluso el pedir un glovo se volvía amenazante. Decidimos ni abrir las ventanas esa noche. Rodeadas del olor a barritas de merluza y pulpo a la brasa, nos sentamos a comer viendo el directo en la tele, con la esperanza de que en algún momento nos dijeran que todo había sido una “Guerra de los mundos” 2.0. A mí no me lo parecía por la cara del que fue aquel hombre: su cara me recordaba a las negras que usaron los primeros ginecólogos, la cara de quien sabe que ha perdido su humanidad y que, en su ignorancia, la daba por sentado. Los ojos acuosos se pegaban al cristal, ponía la pata en la garganta, incapaz de hablar. Cuando los médicos entraban a sacarle sangre, siempre acompañados de policías con rifles, le daban agua que la criatura bebía sedienta. 

Los casos se fueron reproduciendo con el paso de los días. Primero, llevaron a su mujer e hijo pequeño a la jaula de cristal. Las cámaras no perdían ni un instante, ni siquiera cuando el niño se hizo pipí por el miedo y el monstruo, con expresión desesperada, se acercó a lamer las lágrimas y orina del niño. Las sugerencias alocadas de la gente dieron a entender que tal vez necesitara agua como los peces. Para evitar ser acusados de crímenes humanitarios si morían la mujer e hijo, decidieron dejar que la criatura sufriera, aunque siempre arrojándole baldes con agua varias veces al día, aprovechando la rendija de ventilación. Eso dejó de ser un problema cuando a los demás miembros de la familia le salieron ronchas y aletas. Se terminó llenando la caja de agua; la expresión de tristeza aún era evidente en las criaturas, aunque aprovechaban los tandas para comer de los reporteros y así jugar un poco. Esos instantes recordaban que eran humanos, salvo esa gracia animal e inocente con que danzaban en el agua. Fueron perdiendo la vergüenza y las cámaras fueron dejando de filmar diariamente su nueva casa. Ayudó que todos los nuevos contagiados fuesen enviados a una caja aparte. Eventualmente, todos menos la familia fueron trasladados al acuario, al ver que tan solo necesitaban agua y algunos percebes para sobrevivir. 

Nosotros seguimos encerrados. Volvemos a las videollamadas diarias, el zoom y aplausos a los biólogos marinos que cuidan de las criaturas. También aplaudimos por los científicos que encontraron una vacuna. Ya que aún nadie sabe cómo se transmite, nos citan por zoom y nos envían la vacuna con instrucciones para que sea un heal-yourself. Espero que nos toque pronto, llevamos ya tres semanas acá y ya me estoy cansando de desinfectar hasta las bolsas del glovo (sip, nos rendimos, o habríamos terminado devorándonos la una a la otra). Por suerte o por desgracia, depende, este virus es incurable si lo coges. La prensa lo anunció ayer, mientras insistía en que la vacunación era obligatoria y explicaba el proceso de coger cita. Realmente no me extrañó que, al día siguiente, la prensa anunciara el escape de todas las criaturas, con la evidente hipótesis de que habían escapado al mar, como lo indicaban las huellas palmípedas que decoraron esa mañana el camino de cemento hasta la playa. Zoom vino a joder o a salvar, depende de cómo lo mires. Le echo la culpa y le doy las gracias a lo virtual, porque por ello me enteré “demasiado” tarde y, al mismo tiempo, tal vez eso me permitió seguir siendo yo en este momento, al menos un yo fofo, negro, cansado, pero cuerdo. Creo que lo sigo siendo. Tal vez me he vuelto loca o lo haré y eso será peor enfermedad que el que me encierra otra vez entre cuatro paredes en que apenas caben mis pensamientos, la cama, la ropa y el hastío.

Cuando acabó la clase y cerré la sesión de zoom, ninguna sirena, explosión u olor a humo me indicaron que no debía salir, lo hizo la mano de mi hermana, sosteniéndome de la muñeca cuando me iba al supermercado. Nuestra compañera de apartamento se había ido con el novio ese fin de semana, ambas nos habíamos quedado en casa ese día encerradas en la habitación sin siquiera saber lo que ocurría; ella se enteró antes y consiguió alertarme justo a tiempo, llevándome al salón y encendiendo la tele. Una periodista vestida en un traje sanitario y a la que no se veía nada aparecía en primer plano y, a su espalda, una criatura azulada, anfibioide, que chocaba su cuerpo contra los muros de una caja de cristal. La mujer explicaba como este “monstruo”, hace unas horas era un señor normal que había acudido a los servicios sanitarios por unas ronchas similares a la viruela del mono. Lo enviaron a casa, pero horas después llamaba su esposa alertando de la transformación kafkiana de su marido. Los servicios sanitarios lo encerraron en esa caja-casa que nosotras estábamos viendo. Su mujer explicó a los doctores cómo las ronchas reventaron tiñendo su piel de azul y, al día siguiente, despertó encontrando en su cama a esa criatura que parecía un tritón gigante. Solo supo que era él por la alianza que llevaba en una de las patas. 

El estado, alarmado y ya entrenado por el covid, pidió a la población encerrarse en casa hasta conocer la naturaleza del virus; todos temían que fuese una nueva variante. Ello no quitaba la rabia que seguro sentimos todos. Incluso el pedir un glovo se volvía amenazante. Decidimos ni abrir las ventanas esa noche. Rodeadas del olor a barritas de merluza y pulpo a la brasa, nos sentamos a comer viendo el directo en la tele, con la esperanza de que en algún momento nos dijeran que todo había sido una “Guerra de los mundos” 2.0. A mí no me lo parecía por la cara del que fue aquel hombre: su cara me recordaba a las negras que usaron los primeros ginecólogos, la cara de quien sabe que ha perdido su humanidad y que, en su ignorancia, la daba por sentado. Los ojos acuosos se pegaban al cristal, ponía la pata en la garganta, incapaz de hablar. Cuando los médicos entraban a sacarle sangre, siempre acompañados de policías con rifles, le daban agua que la criatura bebía sedienta. 

Los casos se fueron reproduciendo con el paso de los días. Primero, llevaron a su mujer e hijo pequeño a la jaula de cristal. Las cámaras no perdían ni un instante, ni siquiera cuando el niño se hizo pipí por el miedo y el monstruo, con expresión desesperada, se acercó a lamer las lágrimas y orina del niño. Las sugerencias alocadas de la gente dieron a entender que tal vez necesitara agua como los peces. Para evitar ser acusados de crímenes humanitarios si morían la mujer e hijo, decidieron dejar que la criatura sufriera, aunque siempre arrojándole baldes con agua varias veces al día, aprovechando la rendija de ventilación. Eso dejó de ser un problema cuando a los demás miembros de la familia le salieron ronchas y aletas. Se terminó llenando la caja de agua; la expresión de tristeza aún era evidente en las criaturas, aunque aprovechaban los tandas para comer de los reporteros y así jugar un poco. Esos instantes recordaban que eran humanos, salvo esa gracia animal e inocente con que danzaban en el agua. Fueron perdiendo la vergüenza y las cámaras fueron dejando de filmar diariamente su nueva casa. Ayudó que todos los nuevos contagiados fuesen enviados a una caja aparte. Eventualmente, todos menos la familia fueron trasladados al acuario, al ver que tan solo necesitaban agua y algunos percebes para sobrevivir. 

Nosotros seguimos encerrados. Volvemos a las videollamadas diarias, el zoom y aplausos a los biólogos marinos que cuidan de las criaturas. También aplaudimos por los científicos que encontraron una vacuna. Ya que aún nadie sabe cómo se transmite, nos citan por zoom y nos envían la vacuna con instrucciones para que sea un heal-yourself. Espero que nos toque pronto, llevamos ya tres semanas acá y ya me estoy cansando de desinfectar hasta las bolsas del glovo (sip, nos rendimos, o habríamos terminado devorándonos la una a la otra). Por suerte o por desgracia, depende, este virus es incurable si lo coges. La prensa lo anunció ayer, mientras insistía en que la vacunación era obligatoria y explicaba el proceso de coger cita. Realmente no me extrañó que, al día siguiente, la prensa anunciara el escape de todas las criaturas, con la evidente hipótesis de que habían escapado al mar, como lo indicaban las huellas palmípedas que decoraron esa mañana el camino de cemento hasta la playa. Zoom vino a joder o a salvar, depende de cómo lo mires. Le echo la culpa y le doy las gracias a lo virtual, porque por ello me enteré “demasiado” tarde y, al mismo tiempo, tal vez eso me permitió seguir siendo yo en este momento, al menos un yo fofo, negro, cansado, pero cuerdo. Creo que lo sigo siendo. Tal vez me he vuelto loca o lo haré y eso será peor enfermedad que el que me encierra otra vez entre cuatro paredes en que apenas caben mis pensamientos, la cama, la ropa y el hastío.

Cuando acabó la clase y cerré la sesión de zoom, ninguna sirena, explosión u olor a humo me indicaron que no debía salir, lo hizo la mano de mi hermana, sosteniéndome de la muñeca cuando me iba al supermercado. Nuestra compañera de apartamento se había ido con el novio ese fin de semana, ambas nos habíamos quedado en casa ese día encerradas en la habitación sin siquiera saber lo que ocurría; ella se enteró antes y consiguió alertarme justo a tiempo, llevándome al salón y encendiendo la tele. Una periodista vestida en un traje sanitario y a la que no se veía nada aparecía en primer plano y, a su espalda, una criatura azulada, anfibioide, que chocaba su cuerpo contra los muros de una caja de cristal. La mujer explicaba como este “monstruo”, hace unas horas era un señor normal que había acudido a los servicios sanitarios por unas ronchas similares a la viruela del mono. Lo enviaron a casa, pero horas después llamaba su esposa alertando de la transformación kafkiana de su marido. Los servicios sanitarios lo encerraron en esa caja-casa que nosotras estábamos viendo. Su mujer explicó a los doctores cómo las ronchas reventaron tiñendo su piel de azul y, al día siguiente, despertó encontrando en su cama a esa criatura que parecía un tritón gigante. Solo supo que era él por la alianza que llevaba en una de las patas. 

El estado, alarmado y ya entrenado por el covid, pidió a la población encerrarse en casa hasta conocer la naturaleza del virus; todos temían que fuese una nueva variante. Ello no quitaba la rabia que seguro sentimos todos. Incluso el pedir un glovo se volvía amenazante. Decidimos ni abrir las ventanas esa noche. Rodeadas del olor a barritas de merluza y pulpo a la brasa, nos sentamos a comer viendo el directo en la tele, con la esperanza de que en algún momento nos dijeran que todo había sido una “Guerra de los mundos” 2.0. A mí no me lo parecía por la cara del que fue aquel hombre: su cara me recordaba a las negras que usaron los primeros ginecólogos, la cara de quien sabe que ha perdido su humanidad y que, en su ignorancia, la daba por sentado. Los ojos acuosos se pegaban al cristal, ponía la pata en la garganta, incapaz de hablar. Cuando los médicos entraban a sacarle sangre, siempre acompañados de policías con rifles, le daban agua que la criatura bebía sedienta. 

Los casos se fueron reproduciendo con el paso de los días. Primero, llevaron a su mujer e hijo pequeño a la jaula de cristal. Las cámaras no perdían ni un instante, ni siquiera cuando el niño se hizo pipí por el miedo y el monstruo, con expresión desesperada, se acercó a lamer las lágrimas y orina del niño. Las sugerencias alocadas de la gente dieron a entender que tal vez necesitara agua como los peces. Para evitar ser acusados de crímenes humanitarios si morían la mujer e hijo, decidieron dejar que la criatura sufriera, aunque siempre arrojándole baldes con agua varias veces al día, aprovechando la rendija de ventilación. Eso dejó de ser un problema cuando a los demás miembros de la familia le salieron ronchas y aletas. Se terminó llenando la caja de agua; la expresión de tristeza aún era evidente en las criaturas, aunque aprovechaban los tandas para comer de los reporteros y así jugar un poco. Esos instantes recordaban que eran humanos, salvo esa gracia animal e inocente con que danzaban en el agua. Fueron perdiendo la vergüenza y las cámaras fueron dejando de filmar diariamente su nueva casa. Ayudó que todos los nuevos contagiados fuesen enviados a una caja aparte. Eventualmente, todos menos la familia fueron trasladados al acuario, al ver que tan solo necesitaban agua y algunos percebes para sobrevivir. 

Nosotros seguimos encerrados. Volvemos a las videollamadas diarias, el zoom y aplausos a los biólogos marinos que cuidan de las criaturas. También aplaudimos por los científicos que encontraron una vacuna. Ya que aún nadie sabe cómo se transmite, nos citan por zoom y nos envían la vacuna con instrucciones para que sea un heal-yourself. Espero que nos toque pronto, llevamos ya tres semanas acá y ya me estoy cansando de desinfectar hasta las bolsas del glovo (sip, nos rendimos, o habríamos terminado devorándonos la una a la otra). Por suerte o por desgracia, depende, este virus es incurable si lo coges. La prensa lo anunció ayer, mientras insistía en que la vacunación era obligatoria y explicaba el proceso de coger cita. Realmente no me extrañó que, al día siguiente, la prensa anunciara el escape de todas las criaturas, con la evidente hipótesis de que habían escapado al mar, como lo indicaban las huellas palmípedas que decoraron esa mañana el camino de cemento hasta la playa. 

Sabrina Feliz
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