Apenas media hora para respirar,
para mirar al gato, panza arriba,
jugar con las moscas;
para desinflamar el cerebro
de las frustraciones diarias.
Un mate,
un poema breve,
un recuerdo adormecedor.
¿Qué puede existir y morir en media hora?
Pienso en los nombres de mis hijos,
y en el día en el que murió mi mamá.
Riego los potus con devoción y envidia:
yo también quiero necesitar
sólo agua y sol para sobrevivir.
Pero el alquiler,
la carrera y los ahorros que no son,
los whatsapps en espera
y el excel de los gastos mensuales
me exigen en media hora resolver el futuro.
¿Cuánto son 30 minutos
en el calendario cósmico?
Lo suficiente para que caiga un asteroide
y me alivie de seguir siendo humana
en el siglo de Elon Musk y de la IA.
Perdón si a veces deseo enfermarme
para escapar de las responsabilidades,
para no salir a la calle,
para entrar en cuarentena
de agotamiento existencial.
Es que mi cajita de zapatos
rebosa de expectativas,
pero mi alma es vieja y ya no quiere correr,
no quiere viajar,
no quiere mudarse a otro país,
ni enamorarse de alguien más.
Perdón si el conformismo
de amar a un solo hombre
por el resto de mi vida,
de querer parir su estirpe,
y de regresar a morir al pueblo,
todavía me habita.
Pero es que la urbanización
no logró cosmopolizar mis ambiciones
de niña pueblerina,
incapaz de olvidar el sabor del mate cocido
y el olor a humedad
de la casa familiar.
Perdón si, en lo más profundo,
sólo deseo ser tan feliz como mi padre,
cuando recorría el pueblo entero en bicicleta,
o tan armoniosa como mi madre,
cuando tejía escarpines en la cocina
mientras acariciaba su panza,
rebosante de vida.
Perdón si hoy soy feliz, secretamente,
tan solo oliendo la barba
del hombre más hermoso del mundo,
mientras el ventilador arrulla
esta noche de fracaso.

Dorita Páez Giménez
@mariadoritapg
Leer sus escritos


Deja un comentario