Eres septiembre,
tan tímido —reacio— si se quiere
a abrirse entre las ramas del verano.
No dejes, por favor te pido,
que me acuerde de dónde guardo los abrigos
que en tu perchero tantas veces olvidé y
no me hagas convencerme de que, en realidad,
nunca tuviste perchero;
de que lo que olvidaba era mi piel
bajo un hogar de piel más gruesa.
Cuando el camino me lo trace de la duda sedimento
revisaré el fondo del armario.
Limpieza.



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