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Romance de Don Álvaro y la Princesa Palpadora

Don Álvaro, rey de Orgaz,
fue labrador antes que esto.
Mas su valor y gordura
le convirtió en rey del pueblo.
No era un muchacho lustroso
ni de turgentes gemelos,
era en los suyos redaños
donde residía el peso.
Llegó a las puertas de Orgaz
las buenas nuevas del reino,
la Princesa Palpadora
tenía un nuevo deseo:
–¡Sí, que me corten las flores!
que yo casarme ya debo.
Mas no quiero ni un poeta
ni tampoco un caballero,
¡el que los tenga magnánimos!
Y si puede ser, de hierro.
Don Álvaro pisaba uvas
cuando llegó el chismorreo.
Pensó que él no era poeta
ni tampoco caballero,
pero sí tenía ánimos,
aunque no fueran de hierro.
Salióse de su barril,
y con los pies muy negros
caminó casi tres leguas
hasta el castillo del reino.
Se encontraban en la estancia
reyes, nobles y toreros,
pues dicen que estos últimos
los tienen de los más fieros.
Nuestro rústico Don Álvaro
desató un gran cachondeo:
los doscientos pretendientes
se burlaban de su empleo.
La Princesa Palpadora
ordenó a todos sosiego,
y para salir de dudas
al joven palpó primero.
–¡Madre de Dios Santísima!
–exclamó nuestra princesa
y tras treinta interjecciones
prosiguió con los doscientos.
Despachó rápidamente
e hizo juicio en poco tiempo.
–¡Gracias por participar!,
habéis sido todos buenos,
¡mas bajaos los calzones,
que veáis que no miento!
Los galanes, culiabiertos,
preguntaron: –»¿¿qué es eso??»
(y el pueblo dijo al unísono)
-¡Será el monarca Don Álvaro!,
¡vaya pedazo de huevos!

Diego Bustos
@diegobustos_b
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