Los hombres a los que amé ahora lucen chiquititos.
Una vez fueron grandes, lo sé, y cualquier brisa tonta de verano los traía y los zarandeaba frente a mis ojos perplejos. Olían a la felicidad que me empeñé en creer que ya no podría sentir sin ellos. Olían a sal, a lluvia y a todas las ciudades por las que una vez paseamos abrazados. Olían a lo que huelen las cosas que nunca volverán.
Eran tan grandes que dolían. Tan grandes que tú casi no alcanzabas. Tu voz se perdía entre bailes de peros y porqués que nunca parecían acabarse. Cuando la música cesaba y mis pies, cansados, frenaban el ritmo, mis manos se agarraban a sus sombras. Una despedida que nunca parecía terminar.
Eran enormes, pero líquidos. Eran gigantes, pero no eran tú. Tú, que decidiste quedarte cuando casi no podía verte. Tú, que respondías a las dudas con besos y a la distancia con un fuego que chispeaba, pero no quemaba. Tú, que siempre estás porque amar es estar y no recordar, soñar, hablar, olvidar.
Tú, que hiciste que los hombres a los que amé ahora luzcan chiquititos.

Laura Carrillo Palacios
@laia_bonheur
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