Los rebordes afilados de las palabras
se clavan,
desgarro en la carne,
latigazo invisible, sangre que no se ve,
pero arde.
He aprendido a esquivar las sílabas
como quien esquiva cuchillas en el aire,
a tejer un escudo de silencio
y a guardar en mi lengua
la ternura que no recibí.
Hay palabras que hieren para salvarnos,
verdades que como puñales entran
y, al salir,
dejan la herida abierta
para que respire la luz a través de ella.
No sé si el dolor es castigo o regalo,
solo sé que después de cada corte
queda una cicatriz que me recuerda:
la boca también es espada, puñal afilado,
pero en mis manos
será siempre lumbre,
luz en la senda oscura.
Y si algún día
tengo que elegir entre herir o callar,
elegiré ser raíz, cimiento,
sostener el mundo en silencio,
y dejar que mi voz,
cuando llegue,
sea mar en calma.

María Peralta
mariaperalta.net
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