Buscar yace de la ausencia por algo que no llega,
—¡Cariño, hemos regresado!—, gritó Augusto con entusiasmo al llegar a casa.
César, su hijo, salió de prisa entonces a buscar a su mamá, pero no la encontró. Nadie contestó.
Revisaron la cocina; las ollas seguían sucias. Buscaron en el cuarto; la cama destendida. Vieron en el ático; sus cosas, recogidas.
—¿Dónde está mamá? —preguntó César, confundido.
Augusto ya lo sabía.
Tomó la mano del niño y salieron corriendo a la madrugada. Altares apagándose les marcaban el camino. Las flores brillaban bajo el sol que ya asomaba. César, somnoliento, se quejaba.
—En un rato podrás descansar, ¿sí? Solo aguanta un poco más —lo animó Augusto, cargándolo para avanzar más rápido.
Aunque Augusto también se sentía cansado, dudaba internamente en regresar… Pero entonces vio que ya llegaba y corriendo más deprisa, se sentó por fin al lado de aquella sombría lápida. Llegó, pero allí nadie estaba. Entre lágrimas, alguien le tocó el hombro y, por fin, la vio ¡Era ella! Lucy, sonrojada, con lágrimas, con vida… Les llevaba unas flores y unos tamalitos calientes.
—Cariño —susurró Augusto, con el niño dormido en brazos—, hemos regresado.
Aunque,
en realidad,
ellos nunca habían salido de ahí.

Natalia Rico Medina
@writeondandelions
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