Podría decir que fui una niña,
que tuve las rodillas manchadas de barro
y que me dormía abrazada a las promesas
que soñaban con futuros imposibles.
Podría decir que el mundo era inmenso,
que el viento me llamaba por mi nombre,
que la pérdida se hundía entre la arena
y dolía como un juego interrumpido.
Podría hablar del origen,
de la carne que comprende al desnudarse,
de la primera sangre como presagio,
del espejo que devuelve preguntas
y convierte la inocencia en una herida.
Podría hablar del paso del tiempo,
ese dios que se alimenta de nosotros,
que nos talla como piedra
mientras jugamos a ser eternos.
De la infancia como patria indestructible
a la que nadie quiere nunca regresar.
Y prefiero mantenerme en este umbral,
donde suenan las pisadas de la niña,
y mirarme en este cielo descarnado,
como quien empieza a comprender
que la vida es un diálogo infinito
entre la voz del cuerpo
y el rumor del viento.
Donde aún no sé si la voz que me llama
es la mía
o la del tiempo.

Yamila Alvi
@yamila_alvi
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