El postparto no llegó con flores,
no huele a leche,
huele a puerta cerrada,
a sábana húmeda de insomnio.
Llegó con una luz oblicua
atravesando la persiana
como si el día pidiera permiso
para entrar.
Mi vientre
—línea roja —
es una boca
que no termina de cerrarse.
Mi vientre —delicada costura—
guarda aun el temblor
de lo que fue abierto
para que la vida pasara.
Hay palabras
que no dejan marca visible,
pero afinan el silencio
hasta volverlo punzante:
“Eres demasiado”.
La frase cae gota a gota
sobre la cicatriz.
Suena suave, casi con ternura.
Y una aprende a doblarse
como sábana recién planchada,
para no ocupar espacio,
ser menos.
Mi hija respira.
Pequeña marea.
Yo, en cambio,
cuento las grietas en la pintura del techo,
para no contar las que me atraviesan.
Cuento las veces que pido un abrazo
y vuelve el vacío con eco.
La tristeza no grita.
Bosteza.
Y en ese bostezo
aprendo a disculparme por existir.
El cuchillo en mi mano no era un gesto;
era silencio afilado.
El balcón es una pregunta vertical.
Mi hija mantiene los puños cerrados
como si supiera que todavía me agarro.
No soy mártir,
no soy loca;
soy carne abierta
escuchando cómo la vida insiste.
La luz, aunque frágil,
todavía sabe mi nombre,
me susurra:
“no hoy”.

María Peralta
mariaperalta.net
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