Jimmy Burroughs logró por fin independizarse de sus padres. No fue sencillo: llevaba meses buscando algo que pudiera permitirse hasta que encontró una habitación barata en una casa antigua, a pocas calles de su trabajo.
La dueña —una anciana de trato amable, aunque de mirada inquietante— le enseñó la vivienda y su nuevo cuarto. Solo le impuso una condición: no debía abrir jamás la última puerta del pasillo. Jimmy aceptó sin reparos. Por aquel precio, habría aceptado casi cualquier cosa.
Durante los primeros días obedeció. Iba al trabajo, regresaba tarde, cenaba cualquier cosa y se encerraba en su habitación. Pero, al caer la noche, empezó a oír ruidos al otro lado de la puerta prohibida: pasos lentos, una respiración fatigada, muebles que se arrastraban con esfuerzo.
La curiosidad fue creciendo hasta que, una madrugada, Jimmy decidió entrar. Giró lentamente el pomo. Al otro lado había una habitación idéntica a la suya. La misma cama. La misma lámpara. El mismo armario. Y alguien dormía bajo las sábanas.
Jimmy se acercó sin hacer ruido. Cuando estaba a punto de tocarle el hombro, el durmiente abrió los ojos.
Era él.
Mucho más viejo.
Y sonreía como si llevara años esperándolo.

Carlos Grossocordón
carlosgrossocordon.com
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