Ambas manos
me han abierto el corazón.
Dejaron libre
la candela
del Cristo sagrado.
Nos calcinaron los huesos, amor;
chamuscaron nuestros dedos
nocturnos y desvelados.
Te quemaron los labios,
te pringaron el cuerpo.
Se hicieron huellas
en forma de libélula.
Fallecimos, amor.
Nos consumió la llama,
y tus gigantescas manos
intentaron recogerme en ceniza.
Pero tus ojos ardientes,
abiertos sobre mi pecho,
solo pudieron hablar
y decirme:
Yo soy mi amado,
y mi amado es mío.

Juan Sebastian Ordoñez
@juansebastiyt
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