Tres guitarras, un contrabajo, una madre y un hijo

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El sol se esconde tímidamente tras las nubes, negándose a darnos su calor y color, tal vez se encuentra avergonzado por su aspecto esta mañana. Así pues, el comienzo de este día se ha tornado de un color gris, un gris triste; como aquella mujer; sus manos se mueven un poco torpes encima de un montón de tierra, con una cruz de hierro a la cabeza, en la cual se encuentran grabados, aunque un tanto borrosa ya, por el paso del tiempo, un nombre que en su momento fue elegido para él, y unas fechas, las fechas más importantes, las que limitaron su vida. Un gran esmero parece apoderarse de ella, acomoda las flores para dar un poco de color a su hijo y ¿por qué no? al día también.
Tres guitarras y un contrabajo suenan al unísono, con melodías tristes – ¡vaya combinación!, como si todos se hubieran puesto de acuerdo – margaritas, claveles, rosas, tulipanes y girasoles, se van irguiendo, orgullosas por su belleza, ¡pero que vanidosas son las flores!, como si fueran hermosas, bueno…. en realidad lo son, son el claro ejemplo de que la naturaleza sabe lo que hace; la forma de cada uno de sus pétalos, como si cada uno fuera igual, pero no lo son; portan unos colores extraordinarios, brillantes, y hermosos; un olor que hace a mi nariz pedir más. Pero valla que solo son eso, flores hermosas por fuera, ¡pero son tan vanidosas y engreídas! como si fueran las únicas en este mundo.
“Tú eres la tristeza de mis ojos, que lloran en silencio por tu amor, me miro en el espejo y veo en mi rostro, el tiempo que he sufrido por tu adiós…“es el verso con el que inicia la canción en turno, ella ya ha parado de arreglar las flores, se inca y le da un abrazo a su hijo, él gustoso de tener a su madre, la recibe devolviendo el abrazo aún más fuerte, diciéndole que la extraña, ella responde algo que no logro entender. Se levanta, tiene las rodillas manchadas de tierra, y las manos con un tono verduzco, se separa unos cuantos centímetros y observa a su hijo.

Lo ve llorando y aprendiendo a hablar, diciendo “mamá”; lo ve jugando con la tierra bajo la lluvia, lleno de lodo; su primer día de clases, con ese pequeño uniforme que aún juarda en el clóset de su habitación; saliendo arreglado a una fiesta; comiendo, riendo, llorando, enojado, enamorado, triste; y por último lo ve tirado en la acera, lleno de sangre… “Como quisiera ahhh que tu vivieras, que tus ojitos jamás se hubieran cerrado nunca y estar mirándolos, amor eterno e inolvidable, tarde o temprano estaré contigo, para seguir amándonos.”
Recordar es volver a vivir, por eso hoy estamos acá– dice el hombre que ha estado cantando, y que a su vez inicia con una nueva melodía para continuar con su trabajo.
El cementerio se ve tan triste y desolado, tantos cuerpos se encuentran sin vida bajo nuestros pies, las tumbas se ven descuidadas, se nota el olvido, algún día ellos tuvieron vida como nosotros, sentían, respiraban, y hoy solo quedan huesos, polvo, cenizas. Nadie se acuerda de ellos, y si lo hacen, no vienen a verlos. Y yo solo puedo pensar un cosa –el olvido después de la vida es inevitable- algún día ya no existirán personas que se acuerden de que algún día existí, a menos que sea famosa, pero lo dudo, los mortales tenemos ese destino. Algún día cuando esta madre que ya no es tan madre, muera, esta tumba que hoy tiene flores orgullosas, y a un cuarteto tocando para él, ya no lo recordarán. Y es ahí, cuando la muerte de verdad comienza… cuando olvidamos.
Gracias, por acompañarnos hoy, les pido me acompañen con un ave maría– logra articular, pues la voz se le ha quebrado, tiene un pañuelo en la mano que apenas vi, lleno de lágrimas, como sus ojos. -“Dios te salve, María, llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén”- decimos todos.
¿Existirá el cielo? Y si no, ¿A dónde vamos después de vivir? Las últimas notas de esta mañana se escuchan, un poco más alegres, es la canción de las mañanitas y ahora la cantan todos. Al termino hay un silencio, todos callamos, excepto la mamá que llora, y lamenta no haber estado ese día ahí para defenderle, para incluso dar su vida antes de que le arrebataran a su pequeño.
Gracias– dice por fin, mientras se limpia la nariz y una que otra lágrima que sigue cayendo de sus ojos y resbala en sus mejillas. Nos retiramos en silencio, para enfrentarnos al día, para vivir. Ella se queda un buen rato todavía, y así mientras me alejo, solo puedo ver una cosa, a una madre y a un hijo, juntos, pero tan lejos a la vez, los separa una delgada línea, la muerte.

Por: Ana María González (Escritora de Letras & Poesía) 

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. José dice:

    Creo que existe un error en el valla; si entendí bien es vaya, Valoro enormemente la convicción y el escrito… Felicitaciones y adelante

    Le gusta a 1 persona

    1. Gracias por la correción. Lo arreglaremos.

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