Hasta que la muerte nos separe

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Tic, tac, tengo que levantarme, tic, tac, prepararle el desayuno, tic, tac, café, tic, tac, huevo, tic, tac, pan tic, tac, otra vez…
Hoy es 21 de Marzo, inicio de la primavera, son las 6:30 a.m., la luz comienza a entrar a hurtadillas, colándose por las delgadas cortinas, llenando de color hasta el más mínimo rincón de esta vieja y desgastada habitación. Hoy, hace 30 años que me casé, hace 30 años que estoy atada a él, hace 30 años que no soy feliz…
Mi familia era grande, éramos seis hermanos, papá trabaja como obrero en una fábrica, la paga no era lo suficiente como para solventar todos los gastos, así que teníamos que apretar el cinturón y compartir demasiadas cosas, como muchas otras familias lo hacen.


Mamá cuidaba de nosotros, nos educó a las mujeres para los hogares de la casa, cocinar, lavar, planchar, barrer, y todo eso que nosotras debemos aprender antes de casarnos para poder cuidar de una familia “Mira Toñita así se quitan las mancha de grasa en la ropa” “Si aprendes a cocinar bien tú marido no te va a dejar” “Así no se comporta una señorita, deja ese balón y sáquese a lavar las camisas de sus hermanos”. Sin embargo a mis hermanos José y Raúl no se les enseño ni siquiera a lavar el plato en el que comían “No mijito tu deja ahí el plato, pa eso está la toña, que ella los lave” “Tienen que estudiar pa que luego tengan un buen trabajo y luego mantengan a su familia”.
Cuando tenía ocho años, me atreví a hacerle una pregunta a mamá, mientras ella barría la casa


– Oye mami, ¿Tú quieres a mi papá? –pregunte con mucha curiosidad
– Fue el hombre con el que me toco casarme –respondió resignada
– Oh, ¿Pero lo quieres verdad? –insistí
– Hay cosas que sólo puedes entender cuando seas grande –se limitó a responderme.


Años después cuando Esteban se presentó en casa de mis padres para pedir mi mano, se hizo una fiesta, en la que me sentí como la mujer más feliz el mundo. Él llevó a su familia y consigo, como es la tradición un chiquigüite lleno de fruta, pan, una cajetilla de cigarros y una botella de alcohol, también llevaba flores y me emocioné pues creí que eran para mí, ya que él nunca me había regalado un ramo de éstas, pero me llevé una gran decepción cuando las pusieron en el altar de la casa, junto con unas veladoras, probablemente pudo verse cuan desilusionada me encontré en ese momento, pues Carla mi hermana menor me dijo “Pero toña, no pongas esa cara de amuinada, ¡mira no mas todo esto es por ti, y tu con esa cara” así que mejor lo olvidé y seguí prestando atención a cada movimiento, entonces se le entregó el chiquigüite a mis padres, posteriormente el papá de Esteban salió, era imposible no ignorar su presencia, era un hombre grande, tosco, con unas manos enormes y una mirada que podía intimidar hasta a la persona más valiente, unos segundos después entró con un guajolote amarrado de las patas el cual cargaba en su gran espalda. Los papás de él hablaron con los míos, posteriormente Esteban les dirigió unas palabras y ahí termino la ceremonia.


Mamá los pasó a sentarse en la gran mesa que se había puesto en el patio de atrás, para mí fue una escena un poco rara, en el sentido de que nunca se había hecho una fiesta tan grande en casa, y más grande fue mi impresión cuando vi entrar una banda de música, la cual había llevado Esteban, el ambiente era de fiesta, la felicidad podía palparse y olerse, tanto que se contagiaba a todos, papá que normalmente estaba enojado, ese día lo vi reírse a carcajadas, y mamá lloraba, la había visto llorar muchas otras veces, pero esta vez era diferente, lloraba de felicidad. Yo soy la mayor de todos, así que para mis hermanos menores fue muy sorprendente todo ello, mis hermanas estaban emocionadas y no paraban de hablar sobre el día en que a ellas les tocaría pasar por lo mismo. Yo estaba feliz, claro.
En la tarde cuando mamá y yo lavábamos los traste sucios y limpiábamos, me dijo: “Mira Antonia, ya no eres una niña, te han pedido matrimonio y tú has aceptado, estar con una persona no es un juego, el día de tu boda aceptarás y jurarás frente a Dios nuestro señor, estar con él toda la vida, la vida en pareja no es fácil, te lo digo yo por experiencia, pasarás por altas y bajas, pero no te queda más que hacerle caso, porque él es hombre, tu mijita no rezongues, porque verás como la pagas, y no pongas esa cara de asustada, así es la vida, te toca cargar la cruz del matrimonio con ese hombre>> en ese momento me di cuenta de que la pregunta que le hice a los ocho años, merecía como respuesta “¡no!, pero tengo que vivir con él de todos modos”


En la noche al acostarme, me di cuenta que no habían llevado nada para mí, todo había sido para mis padres, incluso las palabras, Martha que es un año menor que yo, dormía conmigo y se lo dije, me respondió entre sueños “¡Ya toña! Deberías estar feliz, yo lo estaría, así son las cosas, siempre ha sido así” Tal vez tenía razón, las cosas siempre se habían hecho de esa manera, todas las mujeres en este pueblo habían pasado por ello, así que me resigné a dormir, para soñar con una pedida de mano en la que todo sería para mí, en dónde él me abrazara y besara, me diría que me amaba y que era la mejor mujer de todas y por esa razón quería pasar su vida junto a mí.
Nos casamos el 21 de Marzo, yo elegí el día, pues fue lo único para lo que se me dejó opinar, elegí ese día para que mi matrimonio naciera junto con la primavera, que era mi época favorita del año en ese entonces, quería que todo fuera felicidad, estaba tan ilusionada con ese día, que no me importó la pelea entre mis padres esa mañana. ¡Pero qué tonta había sido! Me caí de la nube, cuando al llegar al altar con el vestido más hermoso que me había puesto nunca, y arreglada por muchas manos, él me dijo “¡Que feo llevas el cabello!”.


La fiesta fue peor, ni siquiera la disfruté, me la pasé sirviendo a los invitados, me tuve que quitar el vestido para no tener que embarrarlo de lodo o sobras de comida; la fiesta fue en casa de Esteban, así que en la tarde tuvimos que ir a casa de mis padres, para recoger algunas pertenencias, fue en ese momento cuando me di cuenta que nada me pertenecía, solo lleve conmigo mis pocas prendas y unas cartas que habían hecho Lucí, Carla y José.
Lo que ocurrió posterior a la fiesta, fue una de las muchas noches que he pasado con él, sin embargo esa noche, estaba cayéndose de borracho, vomitó las cobijas y se tendió a roncar, no supe que hacer, había visto antes a mi papá hacer escenas parecidas pero mamá siempre nos metía al cuarto, llamé a mi suegra y la muy bruja me dijo “ es tu marido, arréglalo tú”, moví su pesado cuerpo y quite las sábanas, las cambie por unas limpias y a él lo desvestí a duras penas, porque pesaba mucho para mí, que era una niña flaca. Cuando por fin logre tenerlo en orden todo, el comenzó a roncar, la noche era demasiado obscura, no había luna, la habitación me pareció de lo más tenebrosa, me tendí a llorar, sintiéndome sola, sin nada, y con un marido para acabarla de amolar. A partir de ese día odie el 21 de marzo y la primavera.


Los días, meses y años siguientes no fueron mejores, gritos, a veces golpes, disgustos, otras mujeres, críticas, yo sumisa, aguatándome, dejándolo, obedeciendo. Un día fui al mercado, me encontraba comprando verduras para la comida, y se me acerco una señora grande, encorvada, con el cabello canoso y una piel que podía dejar ver los años “¡ay niña! Valla hombre que te toco, así son, creen que tienen la razón, todos unos machos, son unos tontos, pero mira, hay algo a lo que no le pueden ganar” y saco de la bolsa de su mandil un pequeño bulto, sonrío, y lo puso en mi mano, “¡suerte!, a mí me funcionó, y desde ese día me siento mejor que nunca, adiós mi niña” me quedé observándola, se alejó por el pasillo de las frutas, perdiéndose entre la gente, pero ¿Quién era ella? Y ¿Cómo sabía que Esteban no era muy bueno?


Al llegar a casa, me senté en la vieja silla de la cocina y abrí el paquetito, contenía unas hojas muy bonitas, tenían un olor bastante agradable, pero por las palabras de la vieja, sospeché que ese aspecto no era más que una máscara. Las escondí muy bien, sabía que él no las vería puesto que nunca se mete en la cocina, pero más vale.
El día de hoy en este aniversario número 30, celebrando el inicio de la primavera, me parece buena idea darles a esas hojitas un buen eso, siguiendo el consejo de la señora.
A Esteban siempre le ha gustado mi café, en una ocasión me dijo: “¡Pinches viejas! Ahora ya no saben ni prepara un buen café, por eso estoy contigo vieja, por tu café” Ojala el de hoy también le guste.


Tic, tac, será mejor que lo prepare antes de que despierte, tic, tac, esta cocina siempre se ha visto sin color, tic, tac, será mejor que las hierva en una olla aparte, tic, tac, ha despertado, tic, tac ,ahí viene
-Buenos días vieja –saluda y me da un beso en la mejilla
-Buenos días, siéntate, ahora te sirvo
-No, siéntate tú, hoy por primera vez quiero agradecerte por estar conmigo, eh sido tan malo contigo, espero me perdones
-¿Qué quieres decir? No te comprendo
-Sí, hoy cumplimos 30 años, y me he dado cuenta de lo malo que he sido contigo mujer, que me has aguantado tanto
-No sé qué decir – estoy atónita, ¿pero qué le sucedió?
-No digas nada, ten tu café – ¡maldición! ¿De qué olla lo sirvió? – ¿No lo vas a tomar?

Por: Ana María González (Escritora de Letras & Poesía) 

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. Aintzane _Mtz dice:

    Simplemente increíble, me ha encantado.

    Me gusta

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